27 mayo, 2024

En el año 31 d. C., convertirse en emperador de Roma era algo totalmente vetado para cualquiera que no fuera descendiente directo del primer emperador Augusto. Pero un hombre, Lucio Elio Sejano, quiso cambiar el rumbo de la historia, convirtiéndose en el sucesor de Tiberio y tercer emperador romano, con el simple aval de ser Prefecto del Pretorio, es decir el dueño y señor de la Guardia Pretoriana.

Hablar de la Guardia Pretoriana en Roma, es hablar de los soldados mejor entrenados del Imperio Romano, que se convirtieron en un verdadero cuerpo de élite en la defensa de los designios imperiales. Pero a la misma vez es hablar de la clase imperial más mimada, privilegiada y elitista de los soldados romanos. Servían menos tiempo, en mejores condiciones y recibían los pagos más suntuosos.

Sus orígenes se remontan al siglo III a.C. Escipión el Africano ya contaba con una serie de hombres que lo protegían en medio de las campañas militares. Desde entonces fueron conocidos como cohors praetoria, que lo podemos traducir como una especie de vigilantes de la tienda. Tras progresar rápidamente entre las estructuras de las legiones romanas, en el siglo I a. C., durante las guerras civiles, se convirtieron en un cuerpo imprescindible para los generales de Roma.

La guardia Pretoriana de Roma.
La guardia Pretoriana de Roma.

Finalmente, tras la victoria de Octaviano ante Marco Antonio en la Batalla de Accio (31 a. C), que definitivamente le abriría las puertas del Imperio al vencedor, este decide institucionalizarlos.  Al frente de ellos coloca la figura de Prefecto del Pretorio, que se acabará convirtiendo en la mano derecha de los emperadores. Pero también, como veremos en los años venideros, en su principal enemigo.

Tiberio, dio todo el poder a los Pretorianos.

Tras la muerte de Augusto, Tiberio hereda el Imperio. Al llegar tenía la nada despreciable cifra de 56 años. Es decir, experiencia no le faltaba, y pesar de eso cometería uno de los errores más grandes que se puedan achacar a los primeros emperadores. Un error que pagará muy caro el propio Imperio Romano, durante los siguientes 300 años de su historia.

Una gran parte de los ejércitos romanos, en especial entre los apostados en las fronteras de Germania e Iliria, preferían como emperador a Germánico. Para contrarrestar esta fuerza, Tiberio dotó a los pretorianos de todo el poder militar en la ciudad de Roma y el encargado de consagrar dicho poder fue nuestro protagonista de hoy, Lucio Elio Sejano.

Relieve de la Guardia Pretoriana
Relieve de la Guardia Pretoriana

Lucio Elio Sejano.

Los orígenes de este personaje son realmente oscuros. En las fuentes de la época, principalmente Tácito y Dion Casio, aparecen acusaciones de proxenetismo. Su incursión en la Guardia Pretoriana se llevó a cabo en tiempos de Augusto, en el año 1 a. C. de la mano de su padre Estrabón, uno de los mejores pretorios del primer emperador. Su relación con Tiberio, en aquellos momentos heredero del imperio, se fraguó en estos años al tener que compartir misiones como la de Armenia.

El puesto de Prefecto del Pretorio parecía destinado a Sejano. La designación le llegó tras la muerte de Augusto y el ascenso al poder de Tiberio. Al principio compartió el cargo con su padre, hasta que este, en el año 21 d. C., fue destinado a Egipto como prefecto de esta histórica provincia.

La continua escalada hacia el poder.

Hay que hacer constar que la historiografía actual debate abiertamente la figura de Sejano. Unos apuestan por su intento descarado de ascenso al cetro imperial. Mientras, otros defienden la protección a ultranza de Tiberio y de sus sucesores legítimos, desde su puesto de privilegio al frente de los pretorianos. Lo que sí podemos pensar es que desde que se queda solo al frente de la Guardia Pretoriana, su mente queda prendada de la posibilidad de convertirse en el hombre más importante de Roma. Al menos así lo denotan sus actos a partir del año 21, cuando empieza a ejercer en solitario el puesto de Prefecto del Pretorio.

En dicho año se produce un hecho que ha sido catalogado como un acto propagandístico de la importancia de los pretorianos en Roma. El primer teatro estable de la ciudad de Roma, construido por orden Pompeyo en el 55 a. C., comienza a arder. No existen datos de las causas del mismo, aunque si del notable peligro de que las llamas se extendieran por toda la ciudad. Pero allí estuvieron sus salvadores, los hombres de Sejano, que dirigieron personalmente las operaciones que posibilitaron salvar el edificio y la ciudad. Poco tiempo después una primera estatua de Sejano presidía los accesos al mismo.

Exteriores del teatro de Pompeyo
Exteriores del teatro de Pompeyo

En esos mismos instantes, la ciudad de Roma y los pretorianos se hallaban inmersos en la construcción del campamento estable de la Guardia Pretoriana en las afueras de Roma. El lugar elegido fue el noroeste de la ciudad, simulaba los campamentos romanos de los limes imperiales, y fue inaugurado en el año 23 d. C. Esta construcción supuso el espaldarazo definitivo de la Guardia Pretoriana, ya que hasta ese instante sus miembros se hallaban diseminados por la ciudad, con las consiguientes dificultades a la hora de una reunión rápida. Desde entonces en pocas horas los pretorianos se plantaban allí donde su presencia fuera necesaria.

Volvemos a Sejano, para comprobar sus ascensos hacia el cetro imperial. Unos años antes, 19 d. C., el favorito de los romanos había muerto en Siria. Germánico fue envenenado, según todas las fuentes, por Pisón el envidioso y corrupto gobernador de Siria. Desde entonces los designios imperiales recaían sobre Druso, hijo de Tiberio.

Sejano no dudó de meterse en la cama que hiciera falta para conseguir su propósito.  Tras separase de su mujer, Apicata, inició una aventura amorosa con Livila la mujer de Druso. Mientras, por otro lado, también obsequiaba con su amor a Ligdo. El eunuco imperial de la corte de Druso que fue el encargado de ir suministrado el veneno, que acabó con la vida de Druso el joven en el año 23 d. C. Tiberio se quedaba sin sucesores. Los hijos de Germánico eran la esperanza de la familia Julio-Claudia y los únicos descendientes de Augusto, aunque de momento eran demasiado jóvenes.

El dueño de Roma.

La posición de Sejano al frente de la Guardia Pretoriana le posibilita campar a sus anchas por Roma. Sus rivales políticos le temían a sabiendas que desde dicha posición era fácil deshacerse de aquel que le molestara. En el año 25 se pasea por la ciudad en un desfile que será recordado durante mucho tiempo, senadores y pueblo de Roma se rinden a la evidencia, Lucio Elio Sejano es el nuevo dueño de la ciudad.

Al mismo tiempo prosigue con su particular campaña de terror. Fueron múltiples las ejecuciones de rivales políticos de Sejano. Las fuentes se suelen detener en una de ellas por significativa. El historiador Cremucio Cordo, acusado de actuar contra el imperio al definir a Casio, el asesino de Julio César, como “el último romano”. Pero seguramente, Sejano no había olvidado la mordaz crítica del historiador a la estatura en su honor que, lucía el teatro salvado del incendio. Todo romano tenía claro que, si quería seguir con vida, debía jugar en el mismo equipo que Sejano.

Pero en esos momentos una actitud de Tiberio crea enormes dudas entre los historiadores romanos. A Sejano solo le faltaba un detalle para convertirse en heredero imperial, no era familiar de Augusto. Livila, viuda de Druso, tiene la solución. Un matrimonio entre ambos posibilitaría la entrada en la familia Julio- Claudia a Sejano. Tras la petición de Sejano, llega la respuesta de Tiberio:

Es inconcebible que Livila se case con un simple équite

Tiberio
Tiberio

En el año 27 Tiberio se traslada a vivir a la isla de Capri. Una nueva vida que evidencia la necesidad de descansar del emperador de 69 años, pero que queda abierta a dos interpretaciones totalmente opuestas. Los que defienden la concordia entre Tiberio y Sejano, ponen por ejemplo la construcción del Templo de la Amistad promovido por el Senado, y presidido por sendas estatuas de emperador y Prefecto. Los que prefieren hablar de enemistad entre ambos, sugieren la posterior presencia de Calígula en Capri, a la postre su sucesor y protegido en la isla de las garras de Sejano.

Lo cierto es que se inicia un periodo muy contradictorio en las fuentes romanas. Las de Tácito entre el año 29-31, que hubieran sido las más cercanas, han desaparecido, y lo más fiable es lo que nos cuenta Dion Casio dos siglos después. Según las mimas, Sejano aparece casado con Livila, y como cónsul en Roma tras haberse saltado de lleno todo el Cursus honorum. Un periodo muy incierto, donde Sejano controla toda la correspondencia imperial gracias a la presencia de los pretorianos en la isla de Capri. Un periodo donde ambos se nombran como compañeros de fatiga.

Livila
Livila

La muerte de Sejano.

El momento donde se rompió la amistad entre ambos es una incógnita. Las cartas que hace llegar el emperador a Sejano son confusas, halagos por doquier y destrucción de su reputación por sus notables errores al frente de Roma. En el año 31, una noticia inducida por Tiberio, revuela entre todos los círculos políticos de la ciudad. Sejano iba a recibir por fin la potestad tribunicia, es decir heredero del Imperio Romano tras la futura muerte de Tiberio.

Recreación del Palacio de Tiberio en Capri.
Recreación del Palacio de Tiberio en Capri.

Es la hora de conocer a un nuevo personaje; Quinto Nervio Cordo Sutorio Macrón. A mediados del mes de octubre del año 31 llega a Roma. Su primera reunión es con Memio Régulo, uno de los senadores más influyentes de Roma, y con Grecinio Lacón, el prefecto de los vigiles en Roma. ¿Quiénes eran los vigiles de Roma? es una de las claves de la historia. Los vigiles era un cuerpo de policía nocturno, que actuaba en la ciudad de Roma para controlar los asesinatos y robos en la ciudad, su prefecto hasta unos años antes había sido Macrón, que dejó el cargo para incorporarse a los pretorianos. Ahora era el momento de actuar en conjunto y derrocar a Sejano.

El 18 de octubre Macrón se dirige a Sejano, invitándole a participar de la sesión del Senado que debía proclamarlo finalmente futuro emperador. Totalmente confiado, junto a los senadores, entra lugar designado para tal menester; el Templo de Apolo en el Palatino. En las afueras Macrón felicita a los pretorianos y les informa de la decisión imperial, además les señala que desde aquel momento él mismo ha sido elevado por Tiberio a Prefecto del Pretorio. Acto seguido dirige la comitiva hacia el campamento pretoriano para iniciar los trámites del cambio entre Sejano y Macrón. En el exterior del templo queda un destacamento de vigiles, bajo el mando de Lacón.

No tardó mucho Sejano en descubrir el engaño. Memio Régulo fue el encargado de leer la carta redactada por Tiberio, y que destrozaba literalmente toda su reputación. Todos los senadores que pensaban asistir al nombramiento del futuro emperador fueron los encargados de abalanzarse sobre Sejano. A rastras lo sacaron a la calle. Fuera, el pueblo enfervorizado, sin la protección de los pretorianos, lo llevó en volandas hasta el cercano Templo de la Concordia. Allí fue condenado a muerte, su cuerpo fue arrojado por las escaleras que descendían desde el Monte Capitolio al Foro Romano.

Le siguió toda su familia. Empezando por sus descendientes y siguiendo por su primera esposa Apicata, tras declarar que Sejano había matado a Druso. A Livila, su actual esposa, la dejaron morir de hambre con el consentimiento de su madre Antonia la Menor.

Por otro lado, Macrón continuo con la limpieza de altos cargos pretorianos afines a Sejano, hasta que hizo el estamento a su imagen y semejanza. Al mismo tiempo, la rabia se desató en Roma, contra aquel Pretorio que había soñado con ostentar un puesto vetado a cualquiera que no fuera miembro de la familia de Augusto. Roma otorgó a Sejano la damnatio memorae, no quedando en pie ninguna de sus estatuas. Solo se han encontrado algunas monedas, como la hallada durante las excavaciones de Bilbilis, cerca de la actual Calatayud.

Monedas de Sajano en Bilbilis
Monedas de Sajano en Bilbilis

Esta es una de las muchas historias que podéis extraer de esta fantástica obra de Guy de la Bédoyère.

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