Emperador Aureliano, el salvador del Imperio Romano.

Tras la muerte de Alejandro Severo, el último emperador de la Dinastía Severa en el año 235, asistimos a los años más terribles de la historia de Roma. Conocidos como la Crisis del Siglo III, a punto estuvieron de dar por finiquitado el mayor poder que el mediterráneo había conocido.

Un sinfín de usurpaciones, desordenes e invasiones de los limes imperiales por parte de los pueblos bárbaros, emancipaciones y nacimientos de nuevos imperios dentro del mismo Imperio. Todo ello aderezado con catástrofes naturales, hambrunas o terribles epidemias de peste. La economía imperial se paralizó casi por completo, la industria, la agricultura, y sobre el todo el comercio mediterráneo dejaron las arcas imperiales a sus niveles más bajos de la historia del Imperio Romano.

Todos estos aspectos son puestos en continua revisión por parte de la historiografía actual. Son muchos los que se aventuran a decir que, en algunas de las provincias como Britania, o Hispania en menor medida, los efectos de la crisis no fueron tan profundos. Pero un hecho destaca por encima de todos, la ausencia casi total de fuentes primarias nos lleva a pensar en el clima de caos total de las anteriores estructuras imperiales.

El Imperio durante la crisis del siglo III
El Imperio durante la crisis del siglo III

Pues bien, la historiografía contemporánea ha colocado en puestos de honor como salvadores de la catástrofe imperial a dos emperadores principalmente: por un lado, Diocleciano (284-305) y en segundo término el gran Constantino (306-337). Pasando a veces por alto a nuestro protagonista de hoy, Aureliano (270-275) que en solo cinco años sentó las bases de la recuperación imperial, sirviendo de precedente de los mejores tiempos que el imperio vivió en el siglo IV.

La llegada al poder de Aureliano.

Poco a casi nada conocemos de los orígenes de Lucio Domicio Aureliano. Ni siquiera las fuentes se ponen de acuerdo con su lugar de nacimiento, en algún lugar de la Dacia, posiblemente en Sirmio. Hijo de un personaje que parece ser ocupaba algún cargo militar de escaso rango, pero con gran afinidad con el senador romano Aurelio.

Aureliano
Aureliano

El ascenso por parte de Aureliano en los estamentos del ejército romano, se culminaron en tiempos del emperador Galiano (253-268) y sobre todo con su sucesor Claudio II (268-270). Tras la muerte de este último las legiones de Sirmio elevan a emperador a Aureliano, en contra de la decisión senatorial de elegir a Quintilo. Como era habitual en la época, las tropas de Aureliano se dirigen a Roma para hacerse cargo del título imperial. Las fuentes no son muy claras, pero parece ser que Quintilo ante las mínimas posibilidades de su escaso ejército se quitó la vida. De tal forma que Aureliano se convirtió en el tercer emperador de la Dinastía Iliria.

Aureliano, un emperador militar.

Como ha quedado señalado, cuando Aureliano llegó al poder a finales del verano del año 270 el Imperio Romano era un auténtico caos. Dos poderes emancipados; el Imperio Galo y el Imperio de Palmira, y por si fuese poco, los pueblos germanos campando a sus anchas por las inmediaciones de la capital imperial, con los desguarecidos Alpes convertidos en un auténtico coladero.

Su primera labor al frente de las legiones de Roma como emperador fue limpiar de alamanes y marcomanos el Imperio. Tras expulsarlos, Aureliano pactó con el pueblo godo la protección de la frontera norte, a la misma vez que reforzaba la Dacia, instaurando dos nuevas provincias fuertemente militarizadas, la Dacia Ripuaria y la Dacia mediterránea. Para cumplimentar la protección se fijó en la propia capital; Roma debía estar mejor protegida ante los supuestos avances germanos, de ahí la necesidad de levantar las murallas aurelianas, que protegerían Roma durante el resto del Bajo Imperio.

Murallas Aurelianas
Murallas Aurelianas

Su siguiente destino fue acabar con la insurrecta reina de Palmira, Julia Aurelia Zenobia. Desde la muerte de su marido, Odenato, esta se colocó al frente del Imperio de Palmira como regente de Vabalato, el hijo de ambos, de un solo año de edad. Estaba claro con los movimientos políticos de Zenobia, la intención de perpetuar la emancipación de Roma, para convertir la parte oriental del Imperio Romano en una monarquía hereditaria a semejanza de los reyes persas. No en vano la ciudad de Palmira era la más rica de oriente, gracias al control de las rutas caravaneras.

Entre los años 270-271 y aprovechado los problemas de Aureliano con los pueblos germanos, Zenobia había incorporado nuevos territorios a su Imperio, entre ellos Egipto y gran parte de Asia Menor. Todo ello gracias a los generales de Palmira, que Zenobia había colocado al frente de las legiones orientales.

En el año 272 Aureliano pone rumbo hacia Oriente. Las primeras victorias en Asia Menor tuvieron continuidad con las derrotas de los catafractos palmirenos en las inmediaciones de Antioquía o Emesa. Tras ellas el asedio a la capital, Palmira, durante el cual la reina huye, pero es hecha prisionera y posteriormente enviada a Roma. Una nueva insurrección en el 273 obliga a una nueva intervención del ejército romano, fue la mayor derrota de Palmira, la ciudad que iniciará un prolongado declive tras la pérdida de las rutas caravaneras.

Palmira
Palmira

El conocido como Imperio galo fue la siguiente labor de Aureliano. Póstumo un general afincado en las Galias, se había autoproclamado emperador occidental. Bajo su control, desde el año 260 aproximadamente, estuvieron algunos años a parte de las Galias, otras provincias como Britania o Hispania. A ciencia cierta se intuye que, a la llegada de Aureliano, solo seguía actuando como emancipada la Galia, ya que, tras la muerte de Póstumo, un año antes de la llegada de nuestro protagonista al poder, tanto Britania como Hispania aparecían en la órbita de Roma.

La restauración del poder no fue muy complicada, la enorme crisis también había ocasionado mella en las Galias. Tras la muerte de Póstumo, varios personajes se convirtieron en emperadores occidentales, pero ninguno de ellos con la perseverancia del primero. Para muestra el último de ellos, Tétrico, que en el año 274 supuestamente entregó el Imperio Galo a Aureliano. Otras fuentes hablan de que el emperador romano venció al galo en el campo de batalla, pero no existe constancia. Pocos meses después Tétrico aparece como gobernador de una región en el sur de Italia, sinónimo de algún tipo de pacto entre este y el emperador romano.

Las reformas económicas de Aureliano.

La labor militar no fue el único campo donde destacó Aureliano. El desastre económico del Imperio necesitaba una rápida actuación. Aureliano lo intentó aplicando antiguas políticas económicas de los buenos tiempos de Roma. Una de sus primeras decisiones fue obligar a los campesinos a roturar las tierras baldías, imponiéndoles impuestos sobre las tierras colindantes a sus posesiones, con el fin de mitigar la hambruna del Imperio. Con los nuevos productos puso en marcha los antiguos servicios de beneficencia, distribuyendo alimentos de primera necesidad entre la población más humilde. Además, actuó sobre la fiscalidad en especial de los territorios insurrectos, con subidas de impuestos entra las capas más altas de la sociedad.

La recuperación de los metales de las provincias de Hispania, Britania y el tesoro incautado tras la conquista de Palmira, fue aprovechado por Aureliano para poner en marcha una reforma monetaria. La acuñación de monedas fue masiva, tanto de oro, como de plata o bronce. Es evidente que el emperador intentó actuar con rapidez ante el problema, pero las consecuencias de esta precipitación fueron evidentes los años posteriores. No contó con el Senado Romano, que se opuso continuamente a las reformas monetarias, temeroso de perder el monopolio de acuñación de monedas de bronce.  Ni tampoco tuvo en cuenta el problema inflacionario que había perseguido al Imperio los años anteriores, de ahí que pronto, las monedas puestas en circulación por Aureliano cayeran de valor.

A pesar de los errores, volvió la circulación monetaria al Imperio, por lo que las arriesgadas medidas de Aureliano pusieron las bases de la recuperación económica a finales del siglo III y principios del IV.

Los cambios religiosos de Aureliano en el Imperio.

El clásico politeísmo religioso del Imperio no había dejado de crecer durante los años en que Roma fue conquistado territorios. En definitiva, la permisividad religiosa del Imperio hizo crecer desmesuradamente el panteón de Dioses romanos, debido a la asimilación de divinidades de las diferentes culturas que en el siglo III componían el Imperio.

Áureo de oro con la representación de Aureliano y el Sol Invictus.
Áureo de oro con la representación de Aureliano y el Sol Invictus.

Nada más llegar Aureliano al poder, fue consciente de que para el control del Imperio necesitaba una figura religiosa que se convirtiera en oficial, sin anular a las otras debía unir lo máximo posible a los pueblos del Imperio. La divinidad elegida fue el “Sol Invictus”, que podía conciliar cultos mitraicos, mayoritarios entre las legiones, así como panonios o del Dios Solar de Emesa. Filosóficamente el neoplatonismo imperante facilitó la llegada del nuevo culto al Imperio.

Aureliano mandó elaborar sus nuevas monedas con el Dios Sol, además de levantar un nuevo templo en el Campo de Marte dedicado a la nueva deidad principal del Imperio. La gran parte de los estamentos sociales, culturales y religiosos acataron la nueva religión oficial del Imperio, con la clara excepción de las sociedades cristianas que se negaron a acatarla. Sin duda la gran persecución por parte de Diocleciano en el año 303 tuvo en esta negativa sus orígenes, ya que el “Sol Invictus” se mantuvo como religión oficial del Imperio hasta la consagración definitiva del cristianismo.

La gran labor política, militar, económica y religiosa de Aureliano no acabó de un plumazo con la gran crisis del siglo III, pero sin duda puso las bases que supieron aprovechar sus sucesores; en especial Diocleciano y Constantino para alargar casi dos siglos más la historia del Imperio Romano de Occidente. Aunque dicha labor levantó los evidentes recelos entre sus más allegados, que los asesinaron camino de Persia, solo habían pasado cinco años desde su puesta de largo con la púrpura de Roma.

La caída del Imperio Romano, Adrian Goldswhorty, Ed. La esfera de los libros, 2009

Historia Antigua II, historia de Roma, Pilar Fernadez y Javier Cabrero, Ed. Uned, 2014

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