12 julio, 2024

Ni el propio Rafael del Riego podía imaginar aquel primer día de enero de 1820, que su acción al frente del Regimiento Asturias, en Las Cabezas de San Juan, iba a producir la concatenación de procesos sociales, que introducirían la política en el día a día de los hombres y mujeres del siglo XIX. Digo bien, hombres y mujeres, más de un siglo antes de que estas se incluyeran en un censo electoral, tuvieron la oportunidad de debatir políticamente.

Aquel día, el comandante Riego dio marcha atrás en el camino que le llevaba a América para de apaciguar el anhelo independentista de las colonias. Para ponerse, junto a sus hombres, al servicio de las proclamas de libertad, que nacidas en la Revolución Francesa habían sido en parte españolizadas por los liberales sitiados en Cádiz en 1812. Un hecho común desde la restauración absolutista que, esta vez, extrañamente no encontró en frente una repuesta contundente de los hombres del rey Fernando VII.

Rafael del Riego
Rafael del Riego

En unos días la acción de Riego se transmitió rápidamente, comandantes y regimientos de Galicia y Asturias fueron los primeros en sumarse. A principios de marzo la revuelta de los militares liberales se había extendido por todo el territorio. El Rey no tuvo más remedio que jurar la Constitución de 1812, era el 10 de marzo de 1820.

Aquel día una de las constituciones más liberales de Europa se ponía al servicio de todos los españoles, y con ella la capacidad de debatir y consensuar posturas ideológicas que favorecieran nuevas ideas, para acabar de una vez con el anquilosado Antiguo Régimen que, con la figura de Fernando VII parecía reivindicarse día sí, día también.

Sociedades Patrióticas.

Rápidamente había que poner sobre la mesa todas aquellas libertades que traía bajo el brazo la Constitución de 1812. De ellas una de las principales iba a ser la de Imprenta. Desde ese momento pasquines, folletos, y periódicos, aflorarían reivindicando los valores constituciones. Aunque suene burda la siguiente frase era muy real; Si muchos de aquellos hombres no sabían ni leer, nos podemos imaginar lo que para ellos significaba “soberanía nacional”, es decir que desde aquel momento estaba en sus manos, al menos sobre el papel, el futuro de su país.

Cafés, teatros, y diversos espacios sociales se llenaron de estas reuniones. Se han llegado a contabilizar más de 250 en todo el país, no había casi ninguna población de una cierta relevancia demográfica que no tuviera una de ellas. Su labor era instruir a los ciudadanos en los nuevos valores que aportaba la Constitución, para que estos comprendieran la necesidad de vigilar a los cargos políticos en el cumplimiento de la legalidad constitucional, y así salvar la voluntad nacional. En definitiva, articular una nueva opinión pública que abriera el debate sobre las necesidades generales de todos los ciudadanos.

Actual aspecto de La fontana de Oro en Madrid. Señalada por Benito Pérez Galdós como lugar de reunión de una Sociedad Patriótica
Actual aspecto de La fontana de Oro en Madrid. Señalada por Benito Pérez Galdós como lugar de reunión de una Sociedad Patriótica

Los espacios donde se efectuaban las reuniones estaban perfectamente definidos. En el centro se ubicaban los socios, aunque habitualmente separados por género, detrás de ellos en el fondo de la sala los asistentes como público. Las primeras filas eran reservadas para los miembros más destacados, es de suponer que los miembros de las juntas. Frente a ellos la mesa presidencial y el lugar desde donde se realizaban los discursos.

Las reuniones no tenían una periodicidad muy concreta, pero existe constancia de un promedio de unas tres reuniones semanales, estas se efectuaban a últimas horas de la tarde tras la jornada laboral, o incluso los domingos por la mañana.

A día de hoy, podemos extrapolar su funcionamiento interno como una especie de asociación. Se trataban los asuntos referentes a los socios, su admisión, sus cuotas y derechos. Estos, además de poder participar de las reuniones y exponer con discursos sus propuestas, tenían la posibilidad de utilizar las instalaciones que, como veremos posteriormente fueron adquiriendo la Sociedades Patrióticas. En definitiva, se convirtieron en lugares de socialización, donde se compartían desde partidas de ajedrez, o simples conversaciones sobre lo que ese día habían publicado los periódicos.

Miembros de las Sociedades Patrióticas.

Destacar que gran parte de la información del periodo ha desparecido, de ahí sea complicado conocer, por ejemplo, los nombres concretos de una u otra junta. Pero sí que podemos trazar, gracias a los testimonios documentales algunos patrones fijos de la composición de estas Sociedades Patrióticas.

La mayor parte, como es evidente en la época, eran hombres, pero destacar que estos provenían de todos los estamentos sociales. Por lo que nos encontramos uno de los principales aspectos que infundieron temor entre las autoridades políticas del propio Trienio Liberal.  El sufragio universal que propugnaba la Constitución de 1812 estaba muy lejos de conseguirse, en un proceso electoral solo podían votar las personas más notables de la comunidad. En las Sociedades Patrióticas se podían introducir personas excluidas de su condición de ciudadano, ser socios y tomar la palabra. Pequeños artesanos y jornaleros llevaban allí sus reclamaciones. En la Sociedad Lacy de Barcelona existe constancia de discursos alentando a establecer modelos recaudatorios más justos, basados en las rentas de propiedad para acabar con la desigualdad social. Hablamos de principios del siglo XIX.

Fusilamiento de Luis Lacy en 1817, la Sociedad Patriótica de Barcelona llevó su nombre.
Fusilamiento de Luis Lacy en 1817, la Sociedad Patriótica de Barcelona llevó su nombre.

Otro caso llamativo son las mujeres, en la entradilla del artículo ya expresaba mi incredulidad. Eran minoritarias, pero tuvieron una notable aceptación y tolerancia, tanto como oyentes, como en la condición de poderse asociar. Queda constancia de su subida a las tribunas de oradoras en las sociedades de Valencia, Madrid o San Sebastián. Sin ir más lejos en Alicante tenían una tribuna propia donde las socias y público en general debatían sus asuntos. Uno de los casos más destacado fue en Barcelona, donde la viuda de Luis Lacy tenía un cargo en la misma junta, en ella debatía y llevaba los asuntos de batallón de milicianas dirigido por ella misma.

Tampoco se cerraban a los extranjeros. Además, estos tenían idénticos derechos que los nacionales, tanto de asistencia como público, como su derecho de asociarse y tomar la palabra en las reuniones. Se conocen caso de europeos exiliados de sus países tras el fracaso de sus respectivos regímenes liberales: napolitanos, franceses, irlandeses o griegos.  También llegados de ultramar, como el novohispano mexicano Luis Gonzaga que, llegó a Barcelona para debatir los asuntos de su país tras la independencia.

Los primeros temores de las autoridades.

Efectivamente, como hemos visto en el punto anterior, los propios políticos liberales que habían conseguido aquella libertad, la empezaron a temer. Las Sociedades Patrióticas podían recoger la opinión del pueblo sin intermediarios. Un pueblo recordemos que falto de cultura política y por lo tanto influenciable, de ahí que la sociedad patriótica de una localidad podía obtener el carácter representativo de muchos ciudadanos. Una especie de poder paralelo a las instituciones públicas.

Todo ello junto a la rápida expansión de las mismas, llevó a su regularización con una nueva ley que abordaba la idiosincrasia de las mismas. Fue firmada el 21 de octubre de 1820 y regulaba diversos aspectos, entre ellos su funcionamiento que quedaba supeditado en muchos aspectos a los poderes locales. Esto tuvo dos consecuencias principales: más trámites burocráticos que produjeron un menor número de sociedades, y en especial una dependencia institucional, que rápidamente hizo que las sociedades cambiaran de rumbo político para acercarse a las posturas de las instituciones.

Fernando VII
Fernando VII

El resultado fue evidente a las sociedades patrióticas se les restaba las posibilidades de asaltar el poder democrático de buenas a primeras. Así se inició un periodo de sumisión, pero también de resistencia ante sus ideales, que le llevo a reaparecer como más fuerza.

Los indicios de resistencia, los encontramos en diversos aspectos. Una de las prohibiciones era la de federarse o vincularse entre ellas para que sus propuestas no obtuvieron consensos generales. Existen muchas evidencias de falta de control por parte de las instituciones de esta normativa. En el cinturón de Barcelona empezaron a florecer sucursales de la Sociedad Patriótica de Lacy, hay constancia en Sabadell, Mataró o Manresa, todas ellas con una fuerte implantación de la industria textil, una de las actividades económicas más importantes del siglo XIX.

Por otro lado, la correspondencia entre Sociedades de todo el país era muy habitual. En la mayor parte de ellas existen partidas económicas para tal menester, el envío de documentos y actas de sus propuestas políticas era importante. Existe la constancia de que en Málaga llegaron a pedir a sus socios aportaciones extras para sufragar dicho gasto.

En definitiva, por muchas restricciones que se les impusiera, se habían convertido en un desafío para las propias instituciones políticas liberales. El mismo proceso revolucionario podía provocar una vorágine para suplantar el régimen establecido. No hay que olvidar el contexto. España estaba sumida en un profunda crisis social, económica y política, el gran imperio de la Edad Moderna había sucumbido, y las colonias españolas proclamaban su independencia. La propia Monarquía, intocable hasta ese momento se pondrá pronto en el punto de mira.

Los años de gloria de las Sociedades Patrióticas.

Es preciso señalar una obviedad, entre los liberales al frente de Trienio existían diferentes posturas. La historiografía los señala como moderados y exaltados, es evidente que dependiendo de quien se encontrara al frente de las instituciones, el control sobre las Sociedades Patrióticas bascularía hacía un mayor o menor control. Las Cortes estuvieron presididas hasta marzo de 1822 por los grupos más moderados, pero ese mes se produjeron las segundas elecciones y las Cortes quedaron bajo el mando de los exaltados.

Fernando VII sintió como la monarquía comenzaba a temblar. El 7 de julio de 1822 intenta acabar con el Trienio Liberal, la Guardia Real buscó tomar el control de las Cortes, el resultado un enfrentamiento armado en la capital madrileña frente a la Milicia Nacional, ejercito de pueblo restituido por Riego tras su revuelta. Estos últimos toman rápidamente el control de la situación. El resultado político una mayor radicalización liberal, con nuevas leyes a favor de las libertades incluso de las Sociedades Patrióticas, llamadas a partir de ese momento tertulias.

Evaristo Fernández de San Miguel, presidente de las Cortes en el periodo exaltado del Trienio Liberal
Evaristo Fernández de San Miguel, presidente de las Cortes en el periodo exaltado del Trienio Liberal

Las nuevas leyes entran en vigor el 1 de noviembre de 1822. Los debates ya no tienen limite ninguno, se puede criticar a la iglesia, la religión, la moral e incluso abiertamente al rey. Se acaban con la limitación de los miembros de las Sociedades Patrióticas, que en poco tiempo triplican sus socios, la asistencia de público cada día era más grande y pronto los locales se quedaron pequeños.

Las tertulias se trasladan a los edificios religiosos que habían sido desamortizados por los liberales. Existen muchos ejemplos, en Málaga ocuparon el antiguo convento San Agustín. Para que nos hagamos una idea de las dimensiones de estas tertulias, en Barcelona ocuparon el antiguo edificio del convento trinitario, desaparecido en las últimas décadas del siglo XIX, su lugar lo ocupa el actual Teatro del Liceo de Barcelona en el que caben más de 2.000 espectadores.

Se suplantaron las estatuas y crucifijos y en su lugar aparecían artículos impresos de la Constitución de 1812, o imágenes de los líderes militares liberales, como Riego o Quiroga. Las tertulias se convertían en auténticas Cortes abiertas al público en las que no faltaba ni el detalle de estar presididas por un retrato del rey Fernando VII, es de suponer las ganas de quemarlo que alguno tendría. En un acto de reflexión, podemos imaginarnos lo que supuso para la sociedad más católica de toda Europa.

Sin duda, este periodo se convirtió el uno de los momentos más apasionante para el debate, ya que se hablaba abiertamente de las nuevas concepciones del estado, las conversaciones no estaban sujetas a límites, convirtiéndose en germen del republicanismo federal español que ocasionará las grandes diferencias políticas de las décadas siguientes. Las autoridades por muy liberales que fueran se pusieron a temblar junto al rey.

Uno de los mejores ejemplos lo encontramos en la capital de España. La Sociedad Patriótica Landaburiana, recién nacida en octubre de 1822, se instaló en las dependencias del monasterio de Santo Tomás en la madrileña calle de Atocha. Pronto se pondrá en el punto de mira de las autoridades, tras denuncias de periódicos como el Observateur que, aunque fuera de Madrid publicaba en francés. Según dicho periódico la Sociedad en cuestión promulgada valores equivalentes a los jacobinos revolucionarios del Paris de finales del siglo XVIII. Las autoridades madrileñas piden un informe al arquitecto municipal declarando el edificio ruinoso, cerraron la Sociedad. Mientras, el edificio siguió en pie más de 50 años sin una sola reforma.

Claustro del Convento de Santo Tomas en 1875
Claustro del Convento de Santo Tomas en 1875

No podemos dejar pasar por alto algunas acciones de la Sociedades Patrióticas, que se saliéndose de la ley, empañaron su gran la gran labor. En especial en Barcelona y con los ejércitos franceses en territorio español para fulminar el Trienio Liberal y encumbrar el absolutismo de Fernando VII. La Sociedad Patriótica de Lacy, convertida en Consejo Permanente de Guerra, juzgo y ajustició a decenas de ciudadanos acusados de traición a la patria.

En definitiva, las Sociedades Patrióticas fue la primera llegada de la política al ciudadano de a pie. Aunque solo fueron una parte de un Trienio Liberal.

Un Trienio Liberal que es parte esencial de nuestra historia democrática. Un Trienio Liberal que cumple estos días 200 años de historia, destinado a pasar de puntillas ante la escasa mirada de los medios de comunicación. Afortunadamente la Editorial Comares ha sacado dos magníficas obras para ilustrar el periodo. En los próximos días os reseñaremos estas obras para que tengáis más información disponible. Mientras apuntaros estos dos títulos esenciales para conocer el periodo y que han servido al que suscribe para ilustrar este artículo.

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