Cartas de Plinio el Joven, su retrato de la erupción del Vesubio.

Cayo Plinio Cecilio Segundo, Plinio el Joven, fue un escritor y abogado romano, que nació en torno al año 62 d. C. a orillas de lago de Como. Tras la temprana muerte de su padre fue adoptado por su tío Plinio el Viejo, uno de los escritores, geógrafos y naturalistas más destacados de la historia de Roma. Una de las primeras decisiones de este último fue enviar al joven Plinio a estudiar a la capital del Imperio, Roma, donde fue instruido entre otros por el hispano Quintiliano. Después de realizar el cursus honurum durante los mandatos de Domiciano, Nerva, y sobre todo Trajano fue enviado por este último a gobernar la provincia de Bitinia, en Asia Menor a orillas del Mar Negro, desde donde escribió gran parte de su obra.

De esta destaca por encima de todo el legado en forma de cartas que Plinio el Joven no dejó. Gracias a las cuales podemos transportarnos al lugar de los hechos. A través de sus epístolas, Plinio se desnuda como ser humano, mostrándonos en todas ellas sus pensamientos más íntimos sobre la sociedad y la política de la época, así como sus conclusiones sobre los hechos del pasado en la historia de Roma. En definitiva, sus cartas son una autobiografía contada a los más destacados personajes coetáneos, como por ejemplo el propio emperador Trajano, de que se consideraba amigo personal.

Ciertamente sus cartas fueron dirigidas a gran cantidad de personas y los temas tratados en ellas de los más heterogéneos. Pero hoy nos vamos a quedar con su relato sobre uno de las catástrofes naturales más importantes de la historia. La erupción del Vesubio en el año 79 que sepultó Pompeya, Herculano y todos los alrededores, haciendo huir a gran parte de la población y llevándose por delante la vida de miles de personas, entre ellas la de su propio tío Plinio el Viejo.

Plinio el Viejo
Plinio el Viejo

Dichas cartas, concretamente dos, no está muy claro cuándo fueron escritas, pero si conocemos su destinatario, Tácito su amigo e historiador. Este debió pedir los detalles de la muerte de Plinio el Viejo a nuestro protagonista de hoy, que como veremos a continuación fueron narrados por Plinio como testigo directo de la tragedia, desde la cercana localidad de Miseno.

Carta XVI del libro VI.

Como se ha señalado, la petición a Plinio el Joven de hablar de la muerte de su tío, le llegó de Cornelio Tácito, posiblemente el historiador romano que mejor retrato el Imperio en el siglo I d. C. Dicha aseveración se traduce al leer las primeras frases de la carta en cuestión, que sirven para agradecer a Tácito sus intenciones.

“La inmortalidad que merecen tus escritos, contribuirá en gran medida a perpetuar su memoria”.

El relato de los hechos comienza en la ciudad de Miseno, situada el extremo contrario de la bahía, respecto a la zona más afectada por la erupción. Concretamente el 24 de agosto a la séptima hora, aunque estos datos son puestos en duda actualmente por la historiografía, que retrasa la erupción al mes de octubre del 79. Pues bien, en ese momento, según Plinio el Joven, su tío alertado por la madre del primero, pone en marcha los preparativos para salir al mar, ante la curiosidad que despertaba aquella nube en forma de pino sobre el Vesubio.

Afectación de la erupción del Vesubio
Afectación de la erupción del Vesubio

En primer término, Plinio el Viejo, en aquellos momentos Prefecto de la flota romana en Miseno, mandó preparar su Liburna personal. Un pequeño barco empujado por dos filas de remeros, copiado a los piratas de Liburnia por la flota romana. Pero ante la petición de ayuda que llegó de la esposa de un tal Tascio, un desconocido personaje para la historia, Plinio decide cambiar de planes haciendo preparar varios cuadrirremes. En pocas líneas de texto, Plinio el Viejo pasa de ser un curioso, a un héroe, al menos es así como nos los descubre su sobrino.

“se dirige rápidamente al lugar del que todos los demás huyen despavoridos”

Ante el cariz de los acontecimientos, con caída de ceniza, piedras pómez y rocas ennegrecidas, Plinio el Viejo decide dirigirse a la casa de su amigo Pomponiano, situada en Stabia, 6 km al sur de Pompeya. Tras calmar a sus amigos y engullir una copiosa cena, se dispuso a descansar en casa de su amigo. Sin duda un exceso de confianza, que nos puede llamar la atención, al pensar que ni siquiera un destacado naturalista, como Plinio el Viejo, tenía una visión clara de los peligros reales de una erupción de tal magnitud.

A media noche hubo un intercambio de pareceres entre Plinio y su amigo Pomponiano. Para el primero era más peligroso la caída de piedras, por lo que debían continuar en casa. Para el segundo, el mayor peligro era los continuos temblores que podían derrumbar la casa con ellos dentro. Parece ser que se salió con la suya Pomponiano, ya que ataviados con almohadas en la cabeza abandonaron la casa. Posiblemente sin comprender ambos, que el principal peligro era el irrespirable aire, con alto contenido en azufre que se apoderó del sur de la bahía, y que sin duda ocasionó la muerte de Plinio el Viejo.

“Apoyándose en dos jóvenes esclavos pudo ponerse en pie, pero al punto se desplomó, porque, como yo supongo, la densa humareda le impidió respirar y le cerró la laringe, que tenía de nacimiento delicada y estrecha y que con frecuencia se le inflamaba”

Carta XX del libro VI.

Ante la conmovida respuesta de Tácito y tras una nueva petición de este, Plinio se dispone a explicar su visión desde Miseno, de la erupción del Vesubio.

Plinio el Joven con su madre en Miseno, al fondo la erupción del Vesubio
Plinio el Joven con su madre en Miseno, al fondo la erupción del Vesubio

Sin saber nada de la suerte de su tío y ante el mayor peligro que existía en Miseno, que no era otro que los temblores de tierra, por otro lado, habituales en la zona, aunque nunca de aquella magnitud. Madre e hijo deciden pasar el tiempo en la zona exterior de la casa. Concretamente el joven Plinio se dedicó a la lectura de las obras de Tito Livio, siguiendo los consejos de su tío. Así estaban cuando llegó un amigo personal de Plinio el Viejo, por cierto, llegado de Hispania, que les aconsejó abandonar la casa rumbo al norte. En ese momento Plinio nos describe un maremoto.

“Veíamos que el mar se retiraba sobre sí mismo y se replegaba como empujado por los temblores de tierra. Desde luego, la costa había avanzado y gran cantidad de animales marinos se encontraban varados sobre las secas arenas”.

La huida se hizo complicada para Plinio. Además de la gran cantidad de personas que caminaban rumbo al norte, y que hacía complicada la marcha con carros. El lento caminar de su madre hizo que no se hubieran alejado mucho de Miseno, cuando una gran nube negra se apoderó del lugar, la noche que llegó a continuación fue descrita como terrible por Plinio.

“Cuando se hizo de noche, pero no como una noche nublada y sin luna, sino como una habitación cerrada en la que se hubiera apagado la lámpara. Podías oír los lamentos de las mujeres, los llantos de los niños, los gritos de los hombres…”.

Tras la noche Plinio comprendió que había sido un error la huida. Volvió junto a su madre a Miseno a esperar noticias de su tío. A pesar de los temblores, el sol salió e iluminó toda aquella tierra cubierta por una densa capa de cenizas grises, pero su tío no volvió.

Sin duda, toda esta carta corrobora la desnudez con la que Plinio el Joven nos narró su obra. Nos mostró todos sus miedos, así como sus escasos dotes para afrontar las adversidades, que aquella dura prueba le puso en su vida con solo 18 años. La despedida de su carta, escrita posiblemente muchos años después, denota su sonrojo ante su forma de actuar.

“Tú leerás estos detalles, sin duda indignos de figurar en un relato histórico, sin tener el propósito de transcribirnos en tu obra, y si ni siquiera parecen merecedoras de una carta, en verdad te culparás a ti mismo por haber sido quien los pidió. Adiós».

Yacimiento arqueológico de Pompeya.
Yacimiento arqueológico de Pompeya.

Gracias Tácito por pedirlas, y Plinio, sí, son dignos de un relato histórico. El único, por cierto, que nos ha trasportado siglos después a los hechos que proporcionaron el mayor yacimiento arqueológico del mundo, para conocer la forma de vida en la Antigua Roma.

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