Los libros de horas, las lujosas agendas religiosas de la Edad Media.

Durante la Baja Edad Media, especialmente entre los siglo XIV-XVI, se expande por  Europa Occidental unos curiosos libros denominados “Libros de horas”, convirtiéndose en esos momentos en uno de los soportes más destacados para los artistas medievales.

Si tuviéramos que buscarle un origen sería en los cambios religiosos introducidos por los franciscanos, a los que podíamos sumar la “devotio moderna”, surgida en los Países Bajos en torno a los preceptos del humanismo cristiano. Ambos promueven una forma nueva de acercarse a Dios a través del rezo en la intimidad.

¿Qué eran los Libros de Horas?

Nos encontramos ante una especie de manuscritos, que la nobleza especialmente la laica, encomendaba a los principales artistas gráficos del momento. En dichos libros encontrábamos las diferentes oraciones, que a lo largo del día se debían efectuar separadas por horas, de ahí su nombre.

Normalmente las primeras páginas eran destinadas a un calendario, a través del cual el noble en cuestión, podía organizar sus compromisos. En dicho calendario podían surgir además las festividades o los actos principales de la comunidad. Pero la parte más importante era la destinada a la liturgia diaria, que debía leer el propietario a las horas precisas.

Aunque lo que los convertía en excepcionales y únicos eras sus pinturas. Todos ellos iban adornados con diferentes pasajes de la vida de los cristianos, como la Anunciación o la crucifixión por poner algunos ejemplos. Los textos aparte de ser realizados con una caligrafía excepcional dotada de múltiples adornos, eran adecuados al usuario al que iban destinados. Todas estas características los hacían únicos e irrepetibles.  A pesar de lo cual cuando fallecía el propietario lejos de destruirlo, se convertía en parte de la herencia, era también tradición que el heredero introdujera algunos aspectos para denotar el nuevo propietario.

Del prestigio que llegaron a adquirir ha quedado muestra en que fueron motivo incluso de trofeos de guerra, como sucedió tras la victoria de Enrique VII, el primer Tudor en llegar a reinar en Inglaterra tras derrotar a Ricardo III, tras lo cual se hizo con el libro de horas de este último.

Es indudable que el número de ejemplares que se llegaron a realizar fue muy grande. Podemos añadir además que incluso la llegada de la imprenta en el siglo XV, no reportó ni una caída de la producción, ni siquiera una estandarización, ya que siguió haciéndose de la misma forma que antes de aparecer esta. A la actualidad han llegado numerosos ejemplos que se localizan en los principales museos del mundo, pero también existen múltiples copias de los mismos que en la actualidad son motivo de coleccionismo.

Las muy ricas horas del Duque de Berry.

El más célebre de los libros de horas medievales fue encomendado por Juan I el duque de Berry, al taller de los hermanos Limbourg, afincados en la ciudad holandesa de Nimega. Es preciso recordar que el siglo XV fue uno de los siglos más importantes para  los pintores de los Países Bajos. El encargo pudo llegar alrededor del año 1413, el Duque de Berry hijo del Rey Juan II de Francia, fue uno de los más destacados mecenas medievales.

La relación entre los artistas y el mecenas venía de lejos, el mayor de los tres hermanos, Pol Limboug,  era pintor de cámara del aristócrata francés. Por lo que Las muy ricas horas, no fue el único libros de horas que los pintores flamencos crearon para el Duque. Hoy día se conservan otros en diferentes museos norteamericanos. Pero ninguno podía igualar a nuestro protagonista, a pesar de  que los tres hermanos murieron sin ver terminada su obra en el año 1416 por culpa de la peste.

Según los expertos en arte, Las muy ricas horas del Duque de Berry es la obra cumbre de este tipo de publicaciones. La definen como una obra visionaria, original y revolucionaria. Sus formas se asemejan a los clásicos antiguos, pero las vestimentas reflejan la moda de la época. Destacar especialmente la novedad del color azul como principal en toda la obra, realizado con lapislázuli de Oriente, en aquellos momentos un verdadero lujo.

Tras la muerte de los artistas y del propio mecenas en dicho año 1416, el libro queda inconcluso  hasta finales del siglo XV.  En aquellos momentos era propiedad de Carlos I de Saboya y el encargado de terminar el trabajo, emprendido casi 70 años antes por los hermanos Limbuorg,  fue un semidesconocido pintor francés de nombre Jean Colombe. Desde entonces irá pasando por diferentes manos hasta la actualidad que lo podemos contemplar en la Biblioteca del Castillo de Chantilly.

Libro de Horas de Isabel la Católica.

La primera reina de Castilla y Aragón también tuvo su espectacular libro de horas. Aunque poco se conoce de su elaboración y de los artistas que lo llevaron a cabo, además resaltar que poco lo pudo disfrutar ya que llegaría a sus manos a finales del siglo XV, y como es sabido murió en 1504.

El libro fue un regalo del embajador real Francisco de Rojas, que a sabiendas del gusto de la reina por los pintores flamencos, entre ellos su pintor de cámara Juan de Flandes, decide contratar la elaboración del libro a un taller de los Países Bajos. Al menos cuatro artistas trabajaron en el mismo, solo conocemos dos nombres, A. Bening y G. Horenbout. Si tenemos que destacar algo artísticamente del mismo son las decoraciones de los márgenes, con representaciones naturistas de flores, pájaros o insectos con riquísimos colores, especialmente rojos, azules y dorados.

Tras la muerte de Isabel la Católica siguió en manos privadas, pero no se tienen más noticias hasta el siglo XX en que tras ser vendido por barón Edmond de Rothschild, recae en el Museo Cleveland. Es allí precisamente  donde se pude ver hoy día, formando parte de una de las colecciones medievales más importantes del mundo.

Libro de Horas de Carlos V.

La historia que existe detrás del libro de horas de Carlos I de España y V de Alemania es una de las más curiosas, ya que si normalmente eran encargados por sus futuros propietarios, en el caso de este parece ser que fue un regalo de un personaje anónimo al emperador Carlos.

Al ser motivo de regalo anónimo es difícil asegurar su procedencia, pero el consenso generalizado dice que fue realizado por el taller de Jean Poyer en París. Este pasaba por ser uno de los principales artistas en miniatura, que vivió a caballo entre los siglos XV-XVI, trabajando para las casas reales más importantes de Europa, como la Valois, o la de los Tudor.

Uno de los aspectos más destacados de este libro es el calendario con que se abre el libro. Sus doce páginas, con sus doce meses, son acompañadas por la historia de dos hermanos, uno bueno y uno malo, ambos mueren en diciembre, y mientras el primero sube a los cielos el segundo baja al infierno. También podemos destacar sus magníficos dibujos en miniatura, dedicados a pasajes de la Biblia, como por ejemplo cuando David vence a Goliat.

Tras la muerte de Carlos V el libro de horas es heredado por su hijo, y luego por su nieto Felipe III, que lo regala al Cardenal Francisco. A partir de ese momento se pierde la pista hasta el siglo XIX, que recae por fortuna para todos en la Biblioteca Nacional, lugar donde se halla en la actualidad y además digitalizado, lo podéis conocer en el siguiente enlace: Libro de horas de Carlos V

La prohibición de los Libros de horas.

A pesar de lo narrado los Libros de Horas nunca contaron con el beneplácito explícito de las altas esferas eclesiásticas, más bien eran consentidos dado el poder de sus propietarios. La Iglesia no los veía con buenos ojos debido a la inclusión de banalidades, textos no probados por los antiguos testamentos, o simplemente falta de rigor religioso. Por todo ello, fueron perseguidos y censurados  por parte de la Santa inquisición, que finalmente se saldría con la suya.  Ya que tras la Reforma litúrgica del Papa Pío V, en el año 1570, apoyada en las resoluciones del Concilio de Trento fueron prohibidos.

Imágenes: pinterest

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