Marco Vitrubio, el arquitecto de un Imperio.

Vitrubio es uno de aquellos personajes, que aún pareciendo que no han existido, más constancia nos ha quedado de ello. En definitiva poco sabemos de su figura, más allá, que según el mismo ya era mayor al escribir su obra “De Architectura”. Por lo tanto podemos deducir que si la escribió durante los primeros años de mandato de  Augusto, debió nacer en torno al 75 aC. Así que fue testigo directo del paso de la República al Imperio Romano.  Este último periodo, bajo los cánones de Vitrubio,  sería el que expandiría por gran parte de Europa, norte de África y Oriente Próximo, la que algunos expertos han denominado Arquitectura de la Antigua Roma.

Vitrubio enseñado su obra al Emperador Augusto, dibujo de 1684

Siguiendo con Vitrubio, hubiéramos podido dudar incluso si fue un arquitecto, ya que solo nos ha quedado constancia de una construcción suya, la Basílica de Fano, de la cual con conocemos ni su ubicación exacta. En palabras de G. Barbieri, “Vitrubio no existe, solamente existe su libro”. A pesar de ello resulta curiosa la imagen que se le dio en la Italia del siglo XV, en definitiva fueron los que lo rescataron del olvido, tras la caída del Imperio romano diez siglos antes.  Dicha imagen  que aparece en los nuevos códices trascritos del original de Vitrubio, nos muestran la figura de nuestro protagonista dirigiendo una obra con el plomo en la mano, o bien usando las herramientas del cantero. Por cierto, dichos códices serán la base del Renacimiento de finales de la Edad Media, quince siglos después de ser escritos por Vitrubio.

De Architectura.

 

Si conocemos poco de Vitrubio, de su obra todo lo contrario. En ella nos describe en griego y latín todo lo necesario para construir un Imperio. Desde las profesiones, las técnicas, los materiales y todo ello perfectamente descrito en diez volúmenes, ¿os apetece conocerlos?

Primer libro.

Para empezar Vitrubio este primer volumen lo divide en siete capítulos. En ellos nos  comienza hablando del concepto arquitectura, de los elementos que la componen y en las partes en que se divide. Para acabar hablándonos de uno de los elementos más importantes en las ciudades de nueva planta, la construcción de sus murallas y torres defensivas, así como la división interna de la ciudad diferenciando las partes públicas de las privadas.

La obra fue transcrita por primera vez en 1486

Pero el capítulo  estrella de este primer libro es la descripción de las cualidades que deben tener un buen arquitecto. Algunas de ellas nos pueden resultar evidentes, ya que debe ser ingenioso, trabajador, buen dibujante o experto en geometría.  Otras nos pueden resultar más curiosas, aunque el mismo se encarga de desvelarnos la necesidad de estas cualidades. Debe conocer la historia ya que alguien le puede preguntar sobre la procedencia de cualquier escultura. Es importante que sea un entendido en música, ya que la ciencia de los sonidos y las matemáticas, como aventuro Pitágoras,  iban de la mano. También debe estar instruido en filosofía, para ser un hombre justo, firme y generoso, y por último conocer la medicina, ya que debe elegir el mejor sitio salubremente hablando, para las nuevas construcciones.

Segundo Libro.

Un libro dedicado al principio de las cosas, un dechado filosófico al arché de los griegos, de los que por cierto bebe toda la obra de Vitrubio. Evidentemente si para Tales de Mileto el principio era el agua, para la arquitectura el principio de todo son sus materiales, si estos no son buenos, la obra no puede ser buena. Así que Vitrubio nos descubre que cualidades debe tener cada uno de los materiales necesarios, los ladrillos, las piedras, la cal, la arena e incluso la forma de trabajar la extracción de sillares de las canteras.

En este segundo libro, Vitrubio, ya nos demuestra un gran conocimiento de la geografía, ya que describe perfectamente los lugares donde se localizan las piedras más ligeras, tanto de la Hispania Ulterior, como de la provincia de Asia Menor. Así como los mejores lugares para la obtención de maderas, dependiendo de su uso posterior, ya que tenía perfectamente estudiado las horas de sol y la humedad que estos recibían en  las zonas meridionales del Adriático y el Tirreno.

Tercer y cuarto libro.

Dos libros y en total catorce capítulos, dedica Vitrubio a elaborar las instrucciones para la construcción de los templos romanos. En ellos desgrana todas las características que deben tener cada uno de los estilos elegidos, tanto los de tradición helenística, como etrusca. Cual debe ser la estructura, las medidas de los cimientos, la distribución de cellas y pronaos, o evidentemente la orientación que deben tener. También dedica algunos capítulos, a los diferentes tipos de puertas o altares, ya que dependiendo de la divinidad incluso estos  cambian su altura.

Templo de Diana en Mérida

Es obvio que hablando de templos dedique varios apartados a los conocidos órdenes de procedencia griega,  jónico, dórico y corintio. Además dependiendo del uso de cada uno de ellos, así como su separación, cantidad,  o medidas,  Vitrubio nos enseña los 5 tipos de templos diferentes.

Quinto libro.

Podemos decir que en este libro Vitrubio no se aparta excesivamente del tema anterior. En definitiva continúa describiéndonos las normas constructivas de los edificios públicos. Empezando por el foro, las basílicas, las cárceles y la curia y dedicando un capítulo completo a los puertos romanos, vehículo de transmisión de la romanización junto a las calzadas, que curiosamente no son descritas por Vitrubio.

Aunque pone mayor énfasis en la descripción de los teatros, además tanto de estilo romano como griego, con la finalidad de mostrarnos sus diferencias en cuanto al apoyo de la cávea, sobre una montaña en los griegos, o  directamente sin apoyo en los romanos. También y siguiendo con los teatros, dedica un par de capítulos exclusivamente a la armonía y la acústica de estos edificios públicos.

Teatro romano de Aspendo claramente de estilo romano

Otros edificios públicos que nos describe son los baños públicos, que con el tiempo se acabaran convirtiendo en las termas romanas, el lugar de recreo preferido de los habitantes del Imperio Romano. Por último destacar las palestras, edificio que solo se construye en la zona griega, pero que Vitrubio describe perfectamente basándose en sus viajes.

Sexto libro.

En la sexta entrega de su Architectura, Vitrubio cambia de contexto, ya que en ella nos define la arquitectura domestica, o como dice el mismo los edificios privados. Desde varios aspectos, como las proporciones que deben tener los edificios, o las medidas de sus cimientos y pilares. Además nos describe las distintas y conocidas estancias, atrium, triclinium, cubiculum, culina, tablinium, etc.

Todo ello desde un aspecto que puede llamar la atención, ya que define, como deben ser las domus para que sean adecuados al estamento social de los inquilinos. Es evidente que ha día de hoy no hace falta decir que se sigue la misma tónica.

Vista cenital de la Casa de los Pájaros en Itálica, al lado plano de la planta. Uno de los mejores ejemplos de villa romana.

Pero lo que resulta más curioso es la comparación que nos hace previamente. Tras definir como deben ser las viviendas en los diferentes climas del vasto territorio romano. En el sur deben ser abiertas y de cara al viento del norte, mientras que en dicho norte cerradas y orientadas al sur,  tras lo cual de sorprendentemente  compara a los hombres con las viviendas romanas. Para Vitrubio los habitantes de las casas del sur son personas dotadas de una inteligencia superior, pero con menor fortaleza debido a la merma que produce el calor. En cambio nos describe a los habitantes de norte, que debido a la mayor densidad del aire, tienen menos reflejos mentales pero están mucho más capacitados para el empleo de las armas. Por lo tanto, aventura que bien dirigidos pueden ser los mejores guerreros, en este punto es preciso recordar como acaba el Imperio romano.

Séptimo Libro.

Tras construir edificios públicos y privados toca embellecerlos. Para ello Vitrubio en primer lugar nos muestra las diferentes técnicas para trabajar los pavimentos, desde los clásicos mosaicos romanos, a los acabados en lujosos mármoles. Además de estos últimos dedica un apartado especial a su localización, volviéndonos a dar la lección de geografía.  En segundo término nos define las distintas formas de embellecer las paredes, como el enlucido de yeso y la posterior pintura en múltiples colores.

A estos últimos dedica varios capítulos de este libro. Un apartado que llama la atención vuelve a ser su destreza con la geografía, al darnos la localización de los denominados colores de la naturaleza. El verde lo extrae de la zona de Esmirna (Asía Menor), mientras el blanco, de la Isla de Melo una de las Cícladas. Sobre el ocre, nos cuenta que el mejor siempre había sido el del Ática, pero en tiempos de Vitrubio había que buscarlo en otra localización, dado su escasez en dicha localización. Por último para obtener rojo el mejor lugar era Egipto o las Islas Baleares.

Fresco romano de la Villa de los Milagros en Pompeyo, ejemplo de enlucido

Un capítulo que llama la atención, es el que nos habla de dos productos muy usados en la actualidad, pero que en tipos de Vitrubio no se encontró su utilidad. El minio hoy muy usado para la protección del hierro, pero utilizado para pintar paredes en el Imperio romano, con pobres resultados. El segundo Vitrubio lo denomina azogue, usado para embellecer algunos metales, hoy conocido como mercurio.

Octavo libro.

Nadie mejor para definir esta octava entrega que el mismo Vitrubio; “El agua es imprescindible para la vida, para satisfacer necesidades placenteras y para el uso de cada día”. Por ello dedica un libro exclusivo al líquido elemento.

Empieza describiendo las cualidades del agua de lluvia, muy superiores a las encontradas en la naturaleza, de estas últimas las mejores suelen ser las situadas en las zonas más septentrionales. En definitiva como dice Vitrubio, todos los grandes ríos tienen el nacedero en el norte, desde los de la India, Ganges e Indo, a los de Siria Tigris y Éufrates y por supuesto los de la Galia, Ródano y Rin. Por cierto con la única excepción del rio Nilo.

A continuación nos muestra las pruebas que mejor análisis, nos dará de la calidad del agua. La primera la observación del lugar donde se encuentra, si es limpio, el agua tendrá más posibilidades de pureza, pero también había que observar a las personas del entorno, si tienen robustez y buen color de cara es porque el agua es de buena calidad. Por último si necesitas mejor diagnostico, lo mejor es hervirla, si una vez evaporada no deja posos o barro la calidad es buena.

Uno de los acueductos que llevaba el agua a Roma

Tras ello y después de obtener las mejores aguas, debemos transportarlas a la ciudad. Aquí entraran en juego los célebres acueductos, las canalizaciones de obra y por último las cañerías metálicas, especialmente de plomo.

Noveno Libro.

Un libro dedicado a la contemplación del cielo con el simple fin, al parecer,  de la elaboración de relojes de sol. Aunque lo empieza con una crítica a las sociedad de la época, que a buen seguro nos resultará familiar. En ella expone que no entiende como a Milón de Crotona, un simple atleta, había sido continuamente agasajado con palmas y coronas sin haber aportado nada a la humanidad. Mientras, genios como Platón, Pitágoras o Arquímedes, que habían dedicado toda su vida a transmitir conocimientos, habían pasado por ella sin pena ni gloria.

Milón de Crotona en el Louvre (París)

Tras la crítica se lanza a trasmitir todo aquello, que sobre el cielo, le habían enseñado los clásicos griegos. Aunque todavía con la visión de un universo que gira alrededor de la tierra, ya conocen cinco de los planetas que acompañan  a la tierra en el sistema solar. Tras dárnoslos a conocer, dedica los siguientes capítulos a las fases lunares, al transcurso del sol por los doce signos, y a todas las constelaciones de estrellas conocidas.

Por último y para la construcción de un reloj de sol, nos presenta una ciencia denominada gnomónica, la cual se basa en la relación entre el sol y las sombras que proyecta.

Décimo Libro.

Volvemos a dejar a Vitrubio, presentarnos el tema de su último libro de Architectura: “Se define una máquina como un conjunto de piezas de madera que permite mover grandes pesos”. Es evidente sin ellas no se hubiera construido el Imperio romano.

El Hombre de Vitrubio, un dibujo de Leonardo da Vinci hecho a finales del siglo XV. Se trata de su visión de las medidas perfectas del hombre según las anotaciones de Vitrubio en su Architectura.

Los primeros capítulos del libro los dedica a explicar cómo se construyen la maquinaria denominada de tracción, la cual es necesaria para la elevación de los bloques de piedra en la construcción, de las espectaculares obras romanas. A continuación dedica tres capítulos  a las maquinas  destinadas a la elevación del agua, aquí tras las clásicas norias encontramos una de bien curiosa. Se trata de una serie de tubos por los que gracias  a un juego de presiones de aire se consigue elevar el agua a gran altura. Su elaborador, un griego de nombre Ctesibio, que está considerado el padre de la neumática.

Para concluir su libro y su obra maestra Architectura, Vitrubio nos presenta las máquinas de guerra, a las que curiosamente las define como necesarias para protegerse de los peligros, y poder defenderse de los invasores. Las principales son  las ballestas y las catapultas.

Como vemos Vitrubio elaboró una verdadera enciclopedia de la construcción, posiblemente no debió ser la única, pero por fortuna para él, es la única que ha llegado a nuestros días.  Este hecho que por mi parte, le ha valido el título de Arquitecto del Imperio Romano.

Mas info: De Architectura, trad. José Luis Oliver domingo, Ed. Alianza, 1997

Imágenes: commons.wikimedia

Deja un comentario