Historia Contemporánea

Historia contemporánea revoluciones liberales en Francia

La historia contemporánea es el periodo histórico más cercano a la actualidad. Se le suele asignar un punto de partida en las revoluciones del siglo XVIII, algo más complicado evidentemente es acotar su final. Un periodo de revoluciones sociales, culturas y políticas. Pero también un periodo de enorme sufrimiento con dos guerras mundiales, a las que debemos añadir una gran cantidad de desmanes de la humanidad. Me gustaría concluir este prólogo con una frase de un profesor de historia antigua, tras ser preguntado sobre sus impresiones sobre la historia contemporánea dijo: “simplemente no existe, ya que no tenemos la perspectiva necesaria para comprender sus procesos, yo le llamo actualidad”.

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La conferencia de Berlín, el día que Europa cambio el destino de África

Cuando David Livingstone, efectivamente el de “Doctor Livingstone, supongo” llegó a las espectaculares cataratas Victoria en el año 1855, poco podía imaginar que sería el principio de uno de los episodios más terribles de la historia del continente africano. En definitiva, sin solución de continuidad, los europeos se habían lanzado a conquistar el corazón de África.

Las cataratas Victoria

La II Revolución Industrial.

Pese a lo que podamos pensar, hasta la llegada del siglo XIX, el hombre europeo prácticamente no había pisado el interior del continente africano. Su colonización se había llevado a cabo principalmente en las zonas costeras de ambos océanos. Pero todo comenzó a cambiar a mediados de dicho siglo XIX. El motor de ese cambio fue la denominada Segunda Revolución Industrial, a la cual se fueron sumando nuevos países, aunque eso sí, todos tras las gran potencia británica.

Principalmente fueron dos las necesidades que aportó la revolución, para que los europeos pusieran su punto de mira en África. La primera de ellas fueron las materias primas, cuestión que el continente africano cumplía con creces. En segundo término solucionar las necesidades alimenticias, de una población que crecía a ritmo vertiginoso. Hay que tener en cuenta que esta Segunda Revolución llevó consigo los grandes avances científicos, que disminuyeron la mortalidad, que  junto a una natalidad alta fueron las causas del despegue demográfico europeo.

Varios fueron los países que se dirigieron al interior africano, entre ellos Gran Bretaña el mayor imperio colonial de la época, Francia tras su deshonrosa derrota ante Prusia en 1871, y junto a ellos dos nuevos países surgidos de las reunificaciones, es decir Alemania e Italia. Para completar la terna con los belgas y los portugueses, que recordemos fueron los primeros colonizadores europeos al sur del Ecuador en la Edad Media.

El modus operandi era sencillo, los primeros en llegar eran las compañías comerciales que acometían la explotación de los recursos. Posteriormente los gobiernos enviaban a los funcionarios y militares necesarios para someter a la población, y así poder organizar las exportaciones sin poner en peligro a sus ciudadanos. De esta forma, como anteriormente habían hecho en el resto del mundo se dispusieron a colonizar el interior africano.

La conferencia de Berlín.

Todo lo relatado ocasionó los primeros encontronazos importantes. Por lo que a petición de algunos países como por ejemplo Portugal, sin duda en el siglo XIX unos de los países más débiles, se decide convocar la Conferencia de Berlín.

Otto Von Bismarck repartiendo el pastel.

Entre los países participantes todos los interesados, es decir; Reino Unido, Alemania, Francia, Portugal e Italia. Junto a ellos meros comparsas, como Países Bajos, Rusia, Suecia, España, EE.UU o Dinamarca, a los que debemos sumar dos Imperios el austrohúngaro y el otomano, y dos que merecen un comentario a parte debido a la curiosa injerencia de Leopoldo II. Su propio país Bélgica sin un papel preponderante y la Asociación Internacional del Congo, una institución creada por este personaje para explotar dicha zona, una de las más ricas de África.

Otto Von Bismarck

El 15 de Noviembre de 1884 arrancaba la misma con el discurso de su presidente el prusiano Otto  von Bismarck, discurso que fue una verdadera declaración de intenciones. Los países europeos debían introducirse en el interior de África, para civilizar, llevar la cultura occidental, explotar sus materias primas e introducir el control político en todos los territorios sin explotar. Tras lo cual podemos añadir que acababa de empezar el Imperialismo Europeo, que aunque se pueda pesar que es lo mismo que colonialismo,  no es del todo cierto. Si este último pretende el control comercial, al imperialismo hay que sumarle el control territorial y político. Es decir, convertir a los países en protectorados de las metrópolis, adquiriendo todas sus funciones administrativas.

El reparto de la Conferencia de Berlín

La conferencia terminó  el 26 de Enero de 1885, sobre la mesa el reparto de todos los países africanos excepto dos; Liberia que ya estaba en manos de EE.UU y Etiopia el único que se libró de momento. El resto fueron a parar a manos alemanas, británicas, italianas, francesas, portuguesas y españolas. Pero parece que lo peor no fue eso, sino otra serie de elementos que llevaba la resolución de la conferencia.

Entre ellos la libre navegación por los ríos Congo y Niger y por supuesto por las costas marítimas, o el libre comercio en el interior del continente. Además de una disposición por la cual, si los países a los que se le encomendaba la ocupación territorio no la hacían efectiva en un plazo de tiempo, podía ser ocupado por un tercero. Sin olvidar que ningún país supo hacer frente al caprichoso Leopoldo II, el rey belga al que fue asignado personalmente el territorio congoleño, y cuando digo personalmente, significa que no fue a manos del país belga, sino a las de su rey.

A todo ello se sumó la declaración de que se lucharía contra la esclavitud, además del respeto a la cultura y a la religión de los pueblos ocupados. Es evidente que este último apartado de las resoluciones de la Conferencia de Berlín, fue el único que no se cumplió.

Consecuencias de la conferencia de Berlín.

Sobre las consecuencias, valga  decir para comenzar sin miedo a equivocarme, que el continente africano las continúa sufriendo cada día. Por otro lado decir que las podemos diferenciar entre las que acuciaron a los europeos, y las que repercutieron en los países africanos.

Sobre las primeras evidentemente la mayor parte fueron positivas; Para la economía supuso el acceso a las materias primas a bajo precio, así como la obertura de nuevos mercados para colocar sus productos manufacturados. Por otro lado para la sociedad europea supuso un alivio demográfico al facilitar nuevos empleos y lugares donde emigrar. Políticamente gran prestigio a nivel mundial de los países europeos y un gran alivio a los problemas internos, se suele afirmar que la Gran Guerra se retrasó por la carrera imperialista. Aunque también podemos afirmar que acabará convirtiéndose en una de sus causas más importantes.

Evidentemente lo peor recayó en los países colonizados. Para tener una idea de lo ocurrido, debemos pensar que gran parte del interior africano a la llegada de los europeos seguía inmerso en la prehistoria, con algunas excepciones como sultanatos o pequeños reinos que podemos compararlos con la Edad Media europea.

África antes de la llegada del Imperialismo.

Pues bien, en pocos años este espacio geográfico se lleno de carreteras, vías de ferrocarril o puertos marítimos y fluviales. Su tradicional agricultura de subsistencia  fue suplantada por una agricultura industrial, tanto extensiva como intensiva y destinada a la economía de mercado. Además aparecieron nuevas ciudades que alejaron a la población autóctona de su hábitat.

La explotación de los recursos ocasionó una rápida transformación de la estructura social con la aparición de una burguesía, tanto autóctona con escasa preparación, como foránea. Junto a la misma una clase baja dedicada a la construcción o a la agricultura como jornaleros.  Cuando ambas clases sociales llegan a las nuevas ciudades se forman los guetos, que hoy subsisten en toda África.

Otro problema fue el religioso, si bien antes de la llegada de los europeos convivían religiones en África como el cristianismo o el islam con un fuerte arraigo desde la Edad Media europea. A partir de esta llegada de los europeos, con los intentos de cristianización en especial de las zonas donde imperaba el ateísmo, el contraste producirá nuevas segregaciones y conflictos.

Pero lo peor fueron las nuevas fronteras establecidas, ya que a simple vista cualquier persona que vea un mapa político de África, puede ver dichas fronteras cortadas a escuadra y cartabón. Es decir no se tuvo en cuenta la anterior distribución geográfica de las tribus africanas, muchas de ellas quedaron separadas por la mitad, o lo que es peor, bajo un mismo régimen convivieron dos tribus enfrentadas previamente durante miles de años. Este problema ha llagado a la actualidad con episodios tan tremendos como el genocidio de Ruanda en los años 90 del siglo XX, o la terrible guerra civil en Sierra Leona, ambos ante la mirada impasible de la ONU.

Este artículo no puede terminar sin hablar del punto más negro que tuvo la Conferencia de Berlín. Si observamos el actual mapa político de África veremos que su parte central está ocupada por unos de los países más grandes del continente, la República Democrática del Congo, con más de dos millones de km2. Dicho territorio fue ocupado previamente a la Conferencia de Berlín por los belgas, encabezados por su rey Leopoldo II, por cierto un tipo que no piso nunca África.

Tras la conferencia, dicho espacio, uno de los más ricos por sus reservas de caucho, marfil y diferentes minerales, como se ha dicho quedó en manos del rey belga. Pues bien, algunas de sus frases en la carta escrita en 1897 a uno de los agentes estatales encargado del control del Congo, nos puede resumir perfectamente la actitud de este rey con respecto a los territorios ocupados.

Han de poner a la población bajo nuestras leyes, la más urgente, sin dudas, la del trabajo. En los países no civilizados es necesario, creo yo, una firme autoridad para acostumbrar a los nativos a las prácticas de las que son totalmente contrarias  a sus hábitos. Para ello es necesario ser al mismo tiempo firme y paternal.

 El resultado cerca de 10 millones de muertos, además de una forma cruel tras cortarles  las manos. El genocida belga actuó en el centro del continente, para el servicio de las primeras multinacionales de la historia, el caucho para los neumáticos de los nuevos coches surgió de la esclavitud a la que se vieron sometidos los habitantes de aquel tranquilo lugar de la selva ecuatorial, hasta la llegada de los europeos.

Más info: Historia contemporánea Universal, Ángeles Lario, Ed. Alianza, 2010

Imágenes: commons.wikimedia

Cómo entrar en la historia en 15 días, Palacio de Cecilienhof.


 

El protagonista de nuestra historia es el Palacio de Cecilienhof. Un lugar destinado a principios del siglo XX a ser la morada del rey del Imperio Alemán, pero que pasará la mayor parte de su existencia en el ostracismo, del cual solo salió en aquellos  fatídicos quince días del verano de 1945, en los que entrará en la historia por la puerta de atrás.

Su historia comienza en el inverno de 1914, el entonces emperador del II Reich Alemán, Guillermo II, decide la construcción de un palacio destinado a su hijo y heredero Guillermo, el mayor de siete hermanos. El lugar elegido estaba recientemente remodelado, y era conocido como el Jardín Nuevo. Se trataba de un espectacular parque de estilo inglés que se encontraba en las afueras de Potsdam.

Aunque pronto comenzarán los inconvenientes, el 28 de junio de 1914 moría asesinado un gran amigo de Guillermo II, el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo.  La respuesta de Alemania no  se hizo esperar, pese a las primeras reticencias del propio Guillermo, los decididos militares alemanes y su perfecto plan Schlieffen enviaron a Alemania, y posteriormente al mundo a su Primera Guerra Mundial.

Pese a todo en plena guerra mundial el palacio se siguió construyendo, hasta tenerlo terminado en 1917. El día de su inauguración en agosto de ese año, el espectacular palacio de estilo inglés Tudor, contaba con 6 patios, 55 chimeneas y 176 habitaciones. En el mismo se alojó el futuro rey con su esposa Cecilia de Mecklemburgo-Schwerin, de la cual adoptó el nombre, y sus 5 hijos, ya que la última nació días después en dicho palacio. Poco le duraría la alegría al príncipe Guillermo, el año siguiente tras perder la guerra Alemania, se ve obligado a exiliarse a Holanda junto a su padre,  en el Palacio se quedará su esposa hasta 1945.

La monarquía fue abolida al terminar la guerra, pese a lo cual el príncipe impulsado por su padre, y último emperador alemán  Guillermo II, volvió varias veces durante los primeros años de mandato de Hitler. En definitiva, la Casa de Hohenzollern siempre creyó en la posibilidad que el dictador les retornaría la Corona. Evidentemente estaban equivocados, los planes de Hitler pasaban por otro sitio. Dichos planes estallaron en septiembre de 1939, enviando esta vez a Alemania y otra vez al mundo a la más devastadora guerra de la historia. La princesa Cecilia permaneció en el Palacio hasta el final de la guerra, solo unos días antes de la llegada del ejército rojo a Potsdam, momento en que se vio obligada a abandonarlo. Solo unos pocos meses después este magnífico Palacio se disponía a entrar en la historia mundial, durante sus quince días de gloria.

Sorpresa de Stalin.

El 26 de Julio de 1945, Josif Stalin,  secretario general del Partido Comunista de la URSS, (que por cierto se adelantó a sus compañeros, adornado el patio con una estrella roja), Winston Churchil relevado por Clement Attlee como Primer Ministro del Reino Unido ese mismo día, y Harry S. Truman presidente de los EE.UU,  se reunían en el Palacio de Cecilienhof, para cambiar el mundo.

El primer acuerdo que tomaron ese mismo día, fue realizar la llamada Declaración de Potsdam, Truman, Churchil y el Presidente de la República China Chiang Kai-Shek realizaron un ultimátum  a Japón, o se rendían o caería sobre el país toda la fuerza aliada. El resultado el conocido; el 6 de agosto caía la primera bomba atómica sobre Hiroshima, el 9 de agosto la siguiente sobre Nagasaki.

Reuniones en Cecilienhof

El resto de lo sucedido en el Palacio de Cecilienhof, fue de la denominada Conferencia de Potsdam, es decir poner la  firma a los numerosos acuerdos a los que fueron llegando los aliados durante la guerra. Dicho de otra forma,  el punto y final a la terrible 2ª Guerra Mundial, el reparto de Alemania entre Rusia, EE.UU, Reino Unido y Francia.

Churchill, Truman y Stalin, los tres vencedores de la 2GM

En definitiva estos dos hechos; (la bomba atómica y el reparto de Alemania, pondrán las bases de la Guerra Fría). Al día siguiente Stalin se unió a  la carrera atómica que habían comenzado los EE.UU previamente, hecho que mantendrá en vilo al mundo hasta la caída del régimen soviético en 1989.

Mientras, el protagonista de esta historia pasará al olvido, y al más completo abandono. Un hecho que nos puede llevar a entender su ostracismo durante la Guerra Fría, es los escasos metros que separan el Palacio de Cecilienhof del Puente Glienicke, el cual pasará a la historia como punto ideal, por su discreción, de intercambios de espías entre las dos potencias, EE.UU y la URSS. Por último es importante destacar que durante esos años, Potsdam perteneció a la República Democrática Alemana, uno de los países más afines a la potencia comunista.

Tras la caída de Telón de Acero y del Muro de Berlín en 1989, el Palacio se recuperará para ser uno de los muchos monumentos que hacen de Potsdam una de las ciudades más bonitas de Alemania. Hoy en día se puede disfrutar en él de un museo y un fantástico Hotel, en el entorno magnífico del jardín Nuevo.

Articulo publicado previamente en Queaprendemoshoy.com el 16 de febrero de 2017

Imágenes: commons.wikimedia

Scapa Flow, buceando entre los barcos de dos guerras mundiales.

Scapa Flow es una bahía situada en las escocesas Islas Orcadas, de poco más de 20 km de largo por unos 15 km de ancho. Su posición geográfica, sus resguardadas aguas  y una profundidad casi constante de 40 metros, le han convertido en un auténtico puerto natural. El cual ha sido aprovechado desde los vikingos en la Edad Media, hasta el siglo XX. Precisamente en este último y convertida en la base naval más importante de la Royal Navy británica, será cuando entre de lleno en la historia.

¿Quién iba a decirle, a los tranquilos ciudadanos de estas islas del norte de Escocia, que los incidentes sucedidos durante las dos guerras mundiales, iban a convertir a su bahía en un paraíso para los buceadores de todo el mundo?

Scapa Flow durante la Gran Guerra.

La marina Imperial de Alemania fue uno de los principales brazos de la ofensiva teutona para ganar la Gran Guerra. Pero su fracaso en el bloqueo a las islas británicas, junto al error de hundir los barcos mercantes norteamericanos, que llevaban el suministro a Gran Bretaña, puso en jaque al Imperio Alemán. En definitiva fue la principal causa de la entrada de los EE.UU en la guerra. Lo cual propició el lento final de la misma, tras la retirada paulatina de la contienda de los aliados de Alemania.

Por otro lado, el amotinamiento de los marinos alemanes, a finales de octubre de 1918 en la localidad de Kiel, ante la llamada a participar en la última guerra naval contra la Royal Navy, desencadenó el final de la 1ª Guerra Mundial. Ya que a estos se unieron los soldados de tierra, y los  trabajadores de las principales ciudades alemanas. Estos hechos llevaron a  Alemania la necesidad de pedir un armisticio el 11 de noviembre de 1918.

Pocos días después, concretamente el 21 de noviembre, 74 barcos alemanes partían escoltados por los vencedores británicos rumbo a Scapa Flow. Al mando de la flota alemana un experimentado almirante prusiano, Ludwing von Reuter, con una misión explicita, esperar los resultados de las conversaciones de paz del Tratado de Versalles. Aunque parece ser que tenía bien clara cuál era su misión, ya que la preparó a conciencia.

Ludwing von Reuter

Las noticias de los preocupantes acuerdos que los aliados estaban preparando para los barcos alemanes, que suponía el reparto de los mismos entre italianos, franceses, e ingleses, llevó a von Reuter a ejecutar su plan. La mañana del 21 de Junio de 1919, los focos y las banderas alemanas empezaron a trascribir en Morse las instrucciones. Solo cinco horas después, 52 de los 74 barcos estaban en el fondo de Scapa Flow. Por cierto el resto los recuperó la marina inglesa. Por otro lado Ludwing van Reuter que fue arrestado y condenado por los ingleses, se convirtió en unos de los héroes de la derrota alemana en la Gran Guerra, y el primer condecorado por Hitler a principios de la siguiente Guerra Mundial.

Ernest Cox, el chatarrero más rico del mundo.

Tras la guerra vino la reconstrucción, para la cual las necesidades de acero llevaron a elevar considerablemente el precio de este metal. Ernest Cox, un adinerado empresario del mundo del metal se puso manos a la obra, entre 1924 y 1932 reflotó gran parte de la flota, tanto alemana, como algunos barcos ingleses que habían sido hundidos en el desarrollo de la Gran Guerra. Su gesta le valió el sobrenombre del “el hombre que compró un flota”, título del libro escrito en 1964 en su honor. Aunque la gran crisis acabó con la rentabilidad de esta operación, la cual tuvo que abandonar definitivamente en 1933, dejando todavía gran cantidad de barcos en el fondo de Scapa Flow, a la espera del más ilustre de todos.

El hundimiento del HMS Royal Oak.

El acorazado británico nació en los inicios de la 1ª Guerra Mundial. Tras lo cual se convirtió en uno de los principales protagonistas de la Batalla de Jutlandia, contra la flota de la marina Imperial Alemana, en 1916. Tras la guerra recorrió las aguas del Atlántico y del Mediterráneo en misiones de vigilancia de la precaria paz entre guerras. El verano de 1939 a pesar de ser mucho más lento, tanto ante sus rivales, como ante sus nuevos compañeros de flota, se preparó para ocupar su puesto en la retaguardia de la Royal Navy ante la nueva Guerra Mundial. Evidentemente en aguas de Scapa Flow.

El HMS Royal Oak

No había pasado ni un mes y medio del principio de la 2ª Guerra Mundial, cuando aquel 14 de octubre de 1939, Günther Prien aprovechando la marea alta, logró introducir un submarino U-47 alemán, por los escasos centenares de metros que separan las islas de Burray y Mainland. Tras lo cual ejecutó dos disparos de torpedos que alcanzaron de pleno el HMS Royal Oak, que rápidamente se hundió en las aguas de Scapa Flow llevándose consigo la vida de 834 personas, de las 1200 que se hallaban a bordo.

La respuesta británica fue cerrar la parte oriental de la bahía, mediante la conexión a través de carreteras de las diferentes islas. Para acabarlas fue necesaria la utilización de la mano de obra de los prisioneros de guerra, concretamente de los italianos que iban llegando a las islas británicas a partir de enero de 1942. El resultado se puede ver hoy día en las denominadas barreras de Churchill y en la preciosa capilla de los italianos situada en la isla de Lamb Holm, construida con los mismos materiales de la obra principal.

Una de las cuatro barreras de Churchill.

Todo ello mientras la bahía de Scapa Flow se convertía en uno de los puntos más importantes de la Segunda Guerra Mundial. Desde allí salían los barcos con destino a la URSS ocupada por el III Reich, para propiciar un alivio al asedio, al que fueron sometidas ciudades como el actual San Petersburgo, la otrora Leningrado. Además de servir como punta de lanza en la caza del más célebre acorazado alemán, el Bismark, que fue hundido frente a las costa de Francia. Todo ello tras haber causado enormes bajas a la Royal Navy británica, en la Batalla del Estrecho de Dinamarca a finales de mayo de 1941.

Scapa Flow en la actualidad.

Toda esta peculiar historia ha convertido a Scapa Flow en un entorno marino único en el mundo. Como ya ha quedado dicho para la práctica del submarinismo, pero también para cualquier viajero apasionado de la historia del siglo XX.

La pequeña iglesia italiana de Scapa Flow

Hoy día siguen habiendo cerca de 60 barcos hundidos, además de cuatro aviones. Se puede bajar a casi todos, con algunas excepciones como la del HMS Royal Oak, ya que está  prohibida, después de ser convertida por las autoridades británicas en una especie de tumba nacional. Por cierto, cada 14 de octubre se hace una bajada para el cambio de la bandera de proa, a modo de homenaje a los fallecidos.

Las grandes atracciones son los tres enormes acorazados de más de 26.000 Tn cada uno, y los cuatro cruceros de alrededor de 5.000 Tn, aunque a ellos solo pueden acceder los expertos buceadores. Para el resto quedan los pequeños pecios que se localizan en las cercanías de las costas, muchos de ellos se pueden observar desde dicha costa cercana, sin la necesidad del remojo en las gélidas aguas del Atlántico Norte.

Por último os invito a conocer un poco mejor la historia, y la localización de los barcos, en la siguiente página web oficial de Scapa Flow: scapaflowwrecks

Imágenes: commons.wikimedia

La Torre del Reloj de Jaca, la cárcel de Franco y Hitler durante la 2GM.

Hoy viajamos a la ciudad francesa de Pau, situada a los pies de la Cordillera Pirenaica. Concretamente a una fría mañana de principios de Marzo de 1943, para conocer a dos hermanos; Marcel Proust, no confundir con el autor de “En busca del tiempo perdido”, ya que en este caso estamos hablando de un joven Teniente de la Aviación francesa. Él cual viajó junto a su hermano, Robert, tres años menor que él y en este caso sargento del mismo cuerpo, a dicha ciudad con la intención de escapar de Francia, llegar al norte de África, y así ponerse en manos de la resistencia.

A simple vista la empresa no parecía excesivamente complicada, ya que tras  traspasar los Pirineos llegarían a un “supuesto” país neutral. Tras lo cual solo faltaba cruzarlo de norte a sur y a través de un ferry llegar a suelo africano, por aquel entones controlado por la Francia de Vichy.

Evidentemente no contaron que el único lugar  dentro del estado español en el cual actuaba la Wehrmacht, era Canfranc, un lugar muy cercano a Pau, y donde a buen seguro se ejerció la presión oportuna para la colaboración del régimen con la Alemania de la 2GM. En definitiva las ordenes parecían claras, cierre total de la puerta de escape para cualquier aliado o afín. Esta orden clara y concisa fue acatada por el régimen de Franco.

Canfrac con la esvástica

Echando la vista atrás y con perspectiva que da el paso del tiempo, se hace evidente que los Junkers Ju 52 y Heinkel He 111, que en manos de la legión Cóndor bombardearon las posiciones republicanas de Madrid, Valencia, Barcelona, o la más célebre Guernica, no fueron en balde. Todo ello a pesar de la negativa de colaboración de Franco tras la entrevista con Hitler en Hendaya. Lo cierto es que con el tiempo han ido saliendo a luz diversos aspectos, que hacen entrever una especie de “devolución de favores” entre ambos líderes. Al menos durante la ocupación total por parte de Alemania del país vecino del norte, desde finales de 1942 hasta el verano de 1944.

Franco en Hendaya con Hitler.

Los ejemplos son varios, desde los más conocidos como la venta de Wolframio imprescindible para la construcción de los Panzer alemanes. O la utilización del Campo de Concertación de Miranda de Ebro, tras el paso de Heinrich Himmler en 1940 por sus instalaciones, desde lo cual se convirtió en improvisada base de la Gestapo. Y por último la menos conocida, en este caso la cárcel que nos ocupa hoy.

La cárcel de la Torre del Reloj en Jaca.

Volvemos al punto donde habíamos dejado a los hermanos Proust. Aquella mañana en Pau, ambos no debieron encontrar la mejor vista posible, la ciudad estaba ocupada por los soldados alemanes, con esvásticas por doquier, o los nombrados panzers. Se hace evidente pensar que detrás de este despliegue estaba la cercanía de la ciudad de Pau, con la frontera española.

Hitler y Petain se dan la mano en Paris. el régimen colaboracionista estaba en marcha.

A pesar de ello nuestros protagonistas se dirigieron a alguno de los cafés frecuentados por los disidentes, muchos de ellos republicanos españoles huidos durante la Guerra Civil. En el mismo tomaron contacto con un tal Juan Pablo, por aquel entonces residente en la cercana Laruns. Este, tras el pago de entre 3000 y 5000 francos de la época, un verdadero dineral, los acompaño primero hasta Laruns, desde donde se dispusieron a cruzar los Pirineos Centrales por el Puerto de Portalet, es de suponer que en esas fechas nevado.

Pero en el otro lado de la frontera estaban en sobre aviso, o por lo menos eso rezaba en una especie de libro de actas hallado posteriormente. Fechado el 14 de marzo de 1943, llamaba al control de todos los pasos fronterizos posibles, ante la posibilidad de una avalancha de personas procedentes de la nación vecina. Detrás de dicha avalancha estaba la mejor climática, y  el deshielo tras el duro invierno.

Solo dos días después, tras pasar el puerto de Portalet, a su llegada a la primera población española, Biescas, Marcel y Robert Proust son detenidos a las 8 de la mañana por la Guardia Civil. Tras los interrogatorios pertinentes, donde Marcel Proust declara abiertamente su animadversión a las tropas alemanas y diagnostica una clara victoria alidada. Y por otro lado su hermano Robert denuncia la ocupación alemana de Francia, que no hace más que provocar el hambre entre los franceses. Ambos son conducidos junto a otros ocho franceses a las dependencias de la Cárcel del Reloj de Jaca, donde ingresan el 26 de marzo de 1943, acusados de paso clandestino.

272 presos, 272 historias.

La Cárcel del Reloj de Jaca era y es uno de los edificios más peculiares del casco histórico de la capital jacetana. Construida en estilo gótico civil en 1445 y anexa a las dependencias de la Corona de Aragón. No será hasta el siglo XVII cuando se convierta en cárcel. A pesar de los avatares de guerras como las de la Independencia en el siglo XIX, siendo Jaca lugar de paso, se mantuvo intacta hasta la llegada de los  presos que el régimen encarceló en la misma entre 1942 y 1944. Por cierto ya conocida por los mismos tras su uso en la Guerra Civil.

Cuando hablamos de 272, hablamos de los únicos a los podemos poner nombre y apellidos, gracias a los papeles encontrados. Pero consta que al menos 1115 pasaron por la Cárcel del Reloj de Jaca solo en el año 1943, sin duda el más represivo de todos.

Entre los presos que llegaron a la Torre los había de múltiples condiciones,  desde judíos, a soldados franceses, polacos, o ingleses. Algunos de ellos célebres como el productor de cine alemán y contrario al nazismo, Max Heilbronner, o el periodista norteamericano Franklin L. Wyld. Muchos de ellos, simples campesinos,  que atestiguaron que venían huyendo de la posibilidad real de ser expatriados a Alemania como fuerza de trabajo. Se calcula que hasta 60.000 franceses fueron deportados desde Pau para tal menester.

La torre en la actualidad

El primer preso, en este caso un italiano Angelo Ceresetti,  llegó a la Cárcel del Reloj, el 20 de junio de 1942, tras él un total de 74 más antes que se acabará ese año. Con especial incidencia en el mes de noviembre ante la inminente llegada del invierno. El resto lo hicieron los dos siguientes años.

Tras el paso por dicha cárcel de Jaca el destino que aguardaba a los presos, era el traslado a otras cárceles más grandes como las de Huesca o Zaragoza, o incluso el Campo de Concentración de Miranda de Ebro. Con la llegada de los aliados a Francia para desocuparla, lo cual sucedió en el verano de 1944, la Cárcel del Reloj de Jaca, perdió su labor.  El camino ofrecido a muchos de ellos durante esos dos años es desconocido, algunos debieron ser puestos en libertad y se les perdió la pista, otros a buen seguro llegaron al norte de África. Curiosamente no conocemos lo que pasó con los dos hermanos Proust, pero a buen seguro nuestro próximo personaje intentó tener conciencia de ello.

Ramón J. Campo.

No puedo acabar sin nombrar a uno de los principales artífices, aunque no el único,  de la salida a luz de esta historia en 2002, y de muchas relacionadas con el paso de los Pirineos. Antes de presentarlo, un inciso personal para declararme un apasionado de la cordillera y de su historia. Por ello un reconocimiento muy especial a un libro que cayó en mis manos hace relativamente poco; Canfranc, el oro y los nazis,  su autor Ramón J. Campo, Máster en Periodismo por la Autónoma de Madrid y ejerciendo en el Heraldo de Aragón, sinceramente Ramón me apasiona su lectura.

Si os ha gustado esta historia, os recomiendo esta lectura:

El Schindler de Canfranc, Albert Le Lay

Mas info:

Canfranc, el oro y los nazis, Ramón J. Campo, Ed. Mira Editores, 2012

heraldo

Imágenes:

commons.wikimedia    flickr

La maleta mexicana encontrada en 1999 con 4.500 fotografías de la Guerra Civil Española.

El día 5 de agosto de 1936 llegaban a Barcelona Robert Capa, el fotógrafo nacido en Budapest 23 años antes, y Gerda Taro tres años mayor, y nacida en Stuttgart. A parte de pareja compartían profesión, fotógrafos de guerra, trabajo que por cierto iban a ejercer juntos por primera vez, tras haberse conocido dos años antes en París, donde decidieron empezar una relación personal y profesional.

A su llegada, con un contrato bajo el brazo con la revista VU, se encontraron una Barcelona que contenía todavía la ilusión, de que la guerra que acababa de comenzar, no se iba a alargar en exceso. Este aspecto se puede comprobar en las  imágenes tomadas durante sus primeros días en la ciudad Condal.

 

Dos jóvenes republicanos en Barcelona al inicio la Guerra, foto de Gerda Taro

 

A la pareja se uniría unos días después, la última pieza de la tripleta. Me refiero a David Seymour “chim”, otro joven judío como Robert y Gerda, que nació en la Polonia de 1911. Los tres respondían a un perfil político muy similar, evidentemente contrarios a los regímenes fascistas de los años 30, que les habían obligado a huir de sus respectivos países, recalando todos tres, en el París republicano. Por lo tanto estaba claro al bando que se iban a sumar, para ejercer el periodismo de guerra durante la contienda española.

Tres fotógrafos, tres historias, tres estilos.

Robert Capa llegó a Paris con 18 años plenamente decidió a llevar a cabo su pasión, la fotografía. El primero en darle una oportunidad fue David Seymour, en la revista Regards, de la cual era colaborador el fotógrafo polaco. Pocos años después, como ya hemos dicho,  conoció a Gerda Taro con la que rápidamente entabló una relación. En pocos años se convirtió en uno de los mejores reporteros de guerra, los expertos destacan que su principal cualidad era el saber narrar, como pocos, la secuencia en imágenes de una batalla. Gracias a su continua puesta en peligro, de su cámara salió la foto más internacionaliza de la guerra civil española, “muerte de un miliciano”, realizada en los primeros compases de la guerra en Córdoba.

Muerte de un Miliciano de Robert Capa

David Seymour “chim”, se puede decir que llega a París prácticamente al unísono con Robert Capa, dos años mayor que él prepara el camino de ambos hacia la profesión de reportero de guerra. No dudó cuando recibió la llamada de la Guerra Civil Española, para alistarse en el bando republicano. Su fotografía dista mucho de la su amigo, no retrata la guerra en sí, sino que se detiene en presentarnos la sociedad que existe detrás del conflicto. De este modo sus imágenes más célebres son las de los hombres, las mujeres, y los niños que sufrieron la barbarie de la Guerra Civil.

Dolores Ibárruri “la pasionaria” en 1936 foto de David Seymour que viajo en dicha maleta.

Gerda Taro, con decir que está considerada la primera reportera de guerra, ya la estamos retratando. Cuando conoció a Robert Capa en Paris, no tenía ni decidido el dedicarse a este arte, más bien le ayudaba a este con la edición de imágenes, a cambio Robert  le obsequió con un curso acelerado de fotografía.

Gerda Taro y Robert Capa en Paris, días antes de viajar a Barcelona.

Las fotografías de Gerda Taro reflejan su frescura, su falta de experiencia detrás de la cámara se cubre perfectamente con grandes dosis de moralidad. Sus imágenes son una mezcla de las de sus compañeros, Gerda nos retrata desde las sufridoras mujeres de los milicianos, a los tanques de la batalla de Brunete.

Gerda y Robert tras trabajar prácticamente un año juntos, desde su llegada a Barcelona, deciden separarse para cubrir distintos frentes. Desgraciadamente nunca volverán a encontrarse. Gerda elige el norte de Madrid, la batalla de Brunete, donde los republicanos intentan controlar el flanco norte de Madrid. Dicha batalla está considerada una de las más duras de la guerra, y en ella encontró la muerte la fotógrafa alemana.

Precisamente durante una huida del frente, no halló más vehículo que el estribo exterior de un Chevrolet Matford, el cual volvía al Escorial cargado de heridos. La fortuna hizo que un bache la expulsará del mismo y que un tanque pasará por encima de ella. Tras lo cual, y a pesar de que fue evacuada murió al día siguiente.

Tras el terrible incidente Robert Capa abandonó España camino de Asia Oriental,  para cumplir con otra guerra, en este caso entre China y Japón. Solo volvió en los últimos días de la Guerra Civil, para ver como los republicanos no pudieron hacer nada, y cayeron derrotados contra el bando franquista.

El itinerario de la maleta con los 4.500 negativos.

Tras la finalización de la Guerra Civil en la primavera de 1939, Robert Capa vuelve a París. Junto al mismo viajó la maleta en cuestión, con todos los negativos no utilizados, en la gran cantidad de portadas que en toda Europa protagonizaron las fotografías de nuestros tres personajes.

A los pocos meses empieza la 2ª Guerra Mundial, Robert Capa y David Seymour, como judíos y pro comunistas saben que tienen los días contados, y deciden emigrar a EE.UU. No sí antes pedirle a un amigo que enviara la maleta en cuestión a Nueva York, aunque esta debió en algún momento tomar un camino equivocado. En consecuencia acabó en manos del embajador mexicano que actuaba al servicio del Gobierno colaborador de Vichy, su nombre Francisco Javier Aguilar González. Precisamente con el mismo debió volar a México la maleta de Robert Capa.

Siguiendo con nuestros protagonistas, ambos actuaron como reporteros al servicio de los aliados en la 2ª Guerra Mundial. De Robert Capa conocemos que fue el primero en desembarcar en Normandía en el día D. Os invito a conocer la historia en el siguiente enlace: robert-capa. A pesar de los avatares, ambos sobrevivieron a la misma, pero pronto correrían la misma suerte que Gerda Taro.

Imágenes del Desembarco de Normandía de Robert Capa

El primero de ellos Robert Capa, tras una serie de años de calma relativa decide coger la invitación de la revista Life, para acudir a fotografiar la guerra de Indochina.  Allí una mina anti-persona acabará con la vida de uno de los mejores corresponsales de guerra de la historia.  Solo dos años después su compañero y amigo David Seymour, durante la Crisis del Canal de Suez, fue ametrallado por soldados egipcios, mientras viajaba en coche para cubrir una entrega de prisioneros.  Es de suponer que con ellos, se hubiera podido esfumar  el secreto de las 4.500 negativos inéditos de la Guerra Civil Española, pero no fue así.

En 1999 Cornel Capa, hermano de Robert y ocho años menor, conoce la noticia de unos negativos de la Guerra Civil española, que habían surgido hacía unos años en México. Tras largos años de litigio en 2007, un año antes de su muerte a la nada despreciable cifra de 90 años consigue la maleta en cuestión. En la misma para sorpresa de todos, ya que creían que solo había fotos de Capa, aparecieron a parte iguales las de los tres protagonistas. Fue una de las confirmaciones, como excelente corresponsal de guerra, de Gerda Taro, hay que recordar que solo pudo ejercer la profesión un año.

La oficina de New York donde se encuentran los negativos.

Hoy día son propiedad de la Centro Internacional de Fotografía de Nueva York, aunque disponibles en agencias como Magnum, y para su exposición por el mundo. Por cierto uno de los últimos lugares que viajó fue a Córdoba, con motivo de la XV edición de Bienal de Fotografía de la ciudad Andaluza, en la primavera de 2017.

A continuación os dejo una pequeña recopilación de las imágenes que viajaron en la maleta, el resto se puede encontrar en la siguiente web: pro.magnumphotos.com

Valencia, marzo de 1937
Madrid, febrero de 1937
Paso de Navacerrada, junio de 1937
Valencia, marzo de 1937

Mas info: nytimes     tramayfondo

Imágenes: magnumphotos

Tras los pasos de Robert Capa, el primer fotógrafo del día D.

Hoy nos trasladamos a los últimos días de la primavera de 1944. En concreto a la localidad portuaria de Weymouth, situada en la desembocadura del rio Wey, en el sur de Inglaterra. Precisamente paso a la historia durante la Segunda Guerra Mundial, debido a los persistentes bombardeos de la Aviación alemana, el motivo la ubicación del Fuerte Nothe una de las sedes de la Marina Real Británica.

Esos días el puerto de Pórtland era un auténtico hervidero, entre los acorazados, cargueros, y barcazas de invasión paseaban gran cantidad de simulados turistas, entre ellos Robert Capa, con su única arma, una cámara fotográfica.

Robert Capa.

Estamos ante uno de los mejores reporteros gráficos de guerra de la primera mitad del siglo XX. Sus imágenes han ilustrado algunos de los conflictos más importantes del siglo pasado, desde la Guerra Civil Española, a la Guerra de Liberación entre árabes y israelitas y por supuesto la 2ª Guerra Mundial.

Pero Robert Capa no es un personaje real sino un personaje inventado por una joven pareja de judíos. En primer lugar Endre Erno Friedmann que nació en Budapest  en 1913, desde muy joven se interesó por la fotografía, dado la falta de recursos en su ciudad natal decide emigrar para buscarse la vida como fotógrafo. Primeramente recala en Alemania desde donde tiene que huir por las primeras persecuciones de judíos dirección a Paris donde llega en 1932.

Endre Erno Friedmann

Allí será donde conozca a Gerda Taro nacida en 1910 en la ciudad Alemana de Stuttgart, desde donde tiene que huir a Paris por idéntico motivo que Endre. Desde la llegada a Paris establecen una doble relación, por un lado la sentimental y por otra la laboral. Dada la falta de trabajo, la discriminación femenina de Gerda, y el escaso rédito económico de los encargos, deciden la invención del personaje en cuestión. Robert Capa un fotógrafo norteamericano que empieza a recibir trabajos por parte de las mejores publicaciones del momento, en definitiva este último tenia mejor cartel que dos jóvenes judíos.

Gerda Taro

Así de esta manera les llegó el encargo de varios medios para participar en la Guerra Civil española, donde sus vidas cambiaran para siempre. Tras empezar a trabajar juntos se separan en mitad del conflicto, será a partir de ese momento donde se reconozcan los meritos de la joven fotógrafa. Todo ello antes de encontrar la muerte durante la escapada del ejército republicano,  tras la derrota en la Batalla de Brunete y en un terrible accidente.

Camino del Día D.

Tras conocer un poco mejor a nuestro personaje, volvemos a la acción de la 2ª Guerra Mundial. Concretamente a la mañana del 5 de junio de 1944 y a bordo del USS Chase encontramos a Robert Capa. Camino del mayor desembarco de la historia, aquel que los aliados habían proyectado para llegar a Francia y así poder hacer retroceder a las fuerzas Alemanas.

Mientras los soldados juegan a los dados o escriben cartas en la cubierta. En el gimnasio y sobre una improvisada mesa, se encuentra la maqueta de la costa de Francia. Encima de ella los planificadores resuelven los últimos preparativos del desembarco. El barco atracaría a 10 millas de la costa, para que las múltiples barcazas llevaran a los soldados hasta la misma. En realidad en ese momento se toma una decisión crucial para nuestro personaje, este viajará en la barcaza del Coronel Taylor la que mejor visión tendría del desembarco, y la que más posibilidades de protección ofrecía a  Robert Capa.

Preparando el desembarco.

Trascurridas unas horas, y mientras nuestro personaje junto a algunos soldados disputaban una partida de póker, llego la orden para preparar el abandono del barco. Eran las dos de la madrugada, tras revisar todo el material, que incluía la incómoda máscara de gas o el chubasquero Burberry entre multitud de pequeños detalles de supervivencia. Robert Capa y los soldados de asalto se dispusieron a tomar el que para muchos sería su último desayuno, no faltaba de nada, salchichas, huevos, bollos o café.

A las cuatro en punto, 2000 soldados en completo silencio estaban en la cubierta del USS Chase. A partir del primer rayo de sol empezaron a salir las barcazas en dirección a la costa. El trayecto se hizo eterno para Robert Capa, entre el agua que entraba, los vómitos de los soldados y las detonaciones lejanas, nuestro personaje preparó su Contax para lo que se presagiaba.

El desembarco de Normandía para Robert Capa.

El contramaestre abrió la plancha de acero de la barcaza, justo frente a ellos aparecía la silueta de la costa francesa. Los compañeros de viaje de Robert Capa saltaron rápidamente de la misma, entretanto las metralletas alemanas hacían fuego por doquier. En ese mismo momento el fotógrafo hacia la primera instantánea del desembarco, posiblemente habrían sido más, si Robert no hubiera sentido una patada en el culo grito de: “tenemos que cerrar”.

El camino de la barcaza a la playa necesitaba de cobijos para eludir el fuego alemán. Después de un par de ellos pocos seguros, Robert Capa se escondió tras uno de los tanques anfibios que los alemanes acababan de inutilizar, ese precisamente será el lugar elegido por el fotógrafo para acabar con el primer carrete.

El siguiente paso consistía en llegar a la playa, ya que era imprescindible tomar instantáneas desde la misma arena. Allí, junto al soldado Larry, encontró el cobijo de una pequeña zanja protegida por la inclinación de la playa. Por si no tenían bastantes enemigos, otro se unía a la contienda, la marea del Atlántico les empujaba hacia el fuego enemigo. Robert Capa sacó la segunda Contax de la mochila efectuado continuamente disparos con la misma, el panorama que describió fue de botas mojadas, caras verdes, tanques quemados y barcazas hundidas por todos lados. En ese momento los ojos del desembarco dieron por hecho su trabajo. Robert Capa, el hombre que fotografiaba las guerras, confesó que aquel escenario superaba con creces cualquiera de los que hubiese visto con anterioridad.

La vuelta de Robert Capa al USS Chase.

Si el viaje de ida había sido duro, al de vuelta había que sumarle el trabajo de socorrer los heridos y de colocar a los muertos. Las últimas instantáneas fueron para estos compañeros de viaje y para los que habían servido por la mañana los desayunos. Aunque en el caso de estos últimos, en una situación bien diferente, con la bata blanca llena de sangre tras el enorme trabajo de enfermería. Robert Capa decidió dejar al lado su cámara para sumar esfuerzos, pero tras ello ya no recuerda nada más.

Se despertó la mañana siguiente junto a un cartel de que decía “por agotamiento”.  Junto a él el único de los conductores de tanques anfibios que logró sobrevivir a la primera oleada, la que precedió a la llegada de la infantería. Al poco rato llegaron de vuelta a Weymouth, allí se entero de varias cosas, entre ellas que varios fotógrafos habían sido incapaces de abandonar las barcazas. Por lo tanto, las únicas imágenes de la primera invasión eran aquellas que viajaban junto a él, en el interior de sus Contax. Robert Capa, o Endre Erno Friedmann, como prefieran, fue recibido como un héroe, y que a su disposición se puso el primer avión que surgiera camino de Londres.  Pero el pensamiento del fotógrafo estaba en las playas de Normandía, tras mandar revelar los carretes, se subió al primer barco que volvía hacia las costas francesas.

Una  semana después se demostró que las fotos de Robert Capa eran las mejores del desembarco. Pero el terrible error del ayudante de revelado, que aplicó un exceso de calor,  nos privó de ellas para siempre. De las 106 que tiró nuestro protagonista solo 8 de ellas tenían una calidad aceptable, el resto aparecieron corridas y la culpa fue a parar al fotógrafo. El miedo de Robert Capa le hizo temblar el pulso, fue la respuesta de la empresa encargada de dicho revelado.

Para terminar comentar que en 1947 y junto a otro de los grandes reporteros de guerra, David Seymour, fundan la agencia de fotógrafos Magnum. Como se puede comprobar las imágenes exhibidas en este artículo corresponden a dicha agencia. Pero os animo a encontrar muchas más en el siguiente enlace:

magnumphotos.com

Mas info: M. Leguineche y G. Sánchez, Los ojos de la guerra, Editorial Plaza&Janés, 2001

La rocambolesca historia del descubrimiento del Tesoro de Villena.

Nos trasladamos a la ciudad alicantina de Villena y concretamente al año 1963, ese año una serie de sucesos llevan al descubrimiento del tesoro prehistórico más importante de Europa Occidental.

José María Soler García.

Antes de nada, debemos conocer al verdadero artífice de hoy día podamos asombrarnos con tan espectacular tesoro. José María Soler nació en la misma Villena en 1905, como el mismo relata, pudo llegar a ser uno más de los músicos valencianos o incluso bailarín, pero la arqueología se cruzo en su camino.

A la edad de 12 años ya tenía su plaza como repartidor de correos, tras lo cual tuvo que emigrar a Madrid para ejercer la profesión. Posiblemente gracias a su tiempo libre se comenzó a interesar por los primeros libros de prehistoria, además de acudir a museos para contemplar aquellas piezas de sílex, que aparecían en los mismos. Pero el verdadero punto de inflexión se produjo tras su vuelta a Villena, ya que junto a algunos amigos se dedica a la búsqueda de yacimientos arqueológicos. No en vano varios años antes había pasado por allí, Juan Vilanova, uno de los padres de los estudios prehistóricos en España, tras la pista del yacimiento de Cabezo Redondo.

José Maria Soler con el Tesoro de Villena

La zona de Villena demostró ser un verdadero laboratorio para conocer la prehistoria. Los primeros moradores llegaron hace unos 50.000 años, con tecnología musteriense, pero además en las numerosas cuevas de la zona existe constancia de diferentes culturas como magdalenienses, las mesolíticas, y así hasta la Edad de Bronce. Fueron años de muchos descubrimientos que a punto estuvieron de truncarse tras el paso de José María Soler por el ejército republicano y la posterior cárcel. Pero afortunadamente esta última no ocupó demasiado tiempo en la vida de nuestro personaje.

Tras la guerra civil se tuvo que ganar la vida con múltiples empleos, pero sin abandonar su vocación. En dicho periodo continuó las excavaciones y publicó sus primeros libros, además de inaugurar en 1957 el Museo Arqueológico de Villena, un lugar donde depositar todos los materiales recuperados. Aunque evidentemente lo mejor estaba por llegar aquel año 1963

El curioso descubrimiento.

Nada más comenzar la primavera de 1963, unos canteros de Villena se hallaban trabajando en la zona conocida Cabecicos, a escasos 4 kilómetros al este del centro de la población, su cometido la extracción de yeso. A los pocos días llega al joyero del pueblo uno de dichos canteros, en sus manos dos extraños brazaletes de oro puro. Tras lo cual la llamada a José María Soler no se hace esperar.

Los días siguientes y siguiendo las instrucciones del cantero, son hallados en la zona, varios colgantes, pendientes, brazaletes, un collar y diferentes pequeñas piezas de oro algunas incluso sin fundir. En total 35 piezas de oro con un peso conjunto de 147 gramos, los cuales componen el denominado Tesorillo del Cabezo. Sin duda un espectacular hallazgo. Muy cerca del mismo se halló la tumba de un niño, este motivo ha llevado a especular que el tesoro fuera el ajuar funerario del mismo.

El tesorillo del Cabezo

Pero nada de lo relatado hacía presagiar lo que sucedería tras el verano de 1963 en Villena.  La tarde del 23 de octubre sonó el teléfono en casa de José María Soler, al otro lado del hilo telefónico el mismo joyero al que meses antes habían llevado el brazalete del tesorillo del Cabezo. En este caso para comunicar que una mujer le acaba de llevar un brazalete de oro que pesaba medio kilo. Con la mayor celeridad posible el arqueólogo se presentó en la joyería para indagar la procedencia del mimo. La respuesta de la mujer fue que su marido, albañil de profesión, la había encontrado en la obra que estaban realizando.

Por más que se tiró de los hilos en los días siguientes, no se consiguió saber la procedencia del mismo. Es más en realidad la declaración del albañil escondía alguna mentira, ya que días después saldría la versión oficial.

La verdad sale a la luz.

Unos días después, otra llamada del joyero, en esta caso tras haberle llegado otro brazalete  aunque en este caso de menor tamaño. Pero detrás del mismo otra rocambolesca historia. Una mujer y su marido transportista llevaron la pieza a vender al joyero, aduciendo que era motivo de la herencia de la abuela de la primera. Era evidente que la mentira tenía las patas muy cortas, y ante el temor de acabar en el juzgado acabaron confesando la verdad.

El transportista era el encargado de llevar la arena desde una rambla cercana a Villena,  a la obra del albañil anterior. En  uno de los viajes descubrió el brazalete de menor tamaño que acabó en su bolsillo. No así el brazalete de mayor valor que en otro de los viajes acabó en la obra anteriormente descrita. Allí un albañil creyendo que era el cojinete del camión, lo dejo colgado de un cordel, ante lo que nuestro primer personaje aprovechó la ocasión para llevárselo.

El tesoro en la vasija

Tras descifrar la rocambolesca historia, ya solo faltaba acudir al lugar descrito por el transportista. Así de esta manera el 30 de noviembre de 1963, José María Soler y sus compañeros acudieron a la rambla situada unos 8 kilómetros al norte de Villena. Tras las indicaciones del camionero empezó la búsqueda, aunque esta no surgió efecto hasta las cinco de la tarde del día 1 de diciembre. En ese momento la azada de Pedro Domenech descubría un par de brazaletes más y a continuación una vasija con gran parte del tesoro en su interior.

El tesoro de Villena.

Exponer una detallada lista de lo que se localizó en el interior de aquella vasija puede estar fuera de lugar. Simplemente para hacernos una idea el peso total casi llegaba a los 10 kilos, tenía 28 brazaletes y 11 cuencos todos ellos de oro, pero no estaban solos, ya que junto a ellos aparecieron otros objetos que han despertado la curiosidad.

Es realmente llamativo que en un tesoro relleno de oro y plata, las piezas que llame más la atención sean dos de hierro. Evidentemente tiene su explicación, ya que estas dos pequeñas piezas, que a ciencia cierta se desconoce su utilidad, están catalogadas como los restos más antiguos del uso del hierro en la Península Ibérica. Además también son las piezas que más han hecho dudar para el establecimiento de la datación del tesoro. De ser correcta la hipótesis planteada por José María Soler, podemos estar hablando de unos 1.000 aC. y por lo tanto adelantarse en más de dos siglos a la llegada de los primeros artesanos del hierro en la Península. Junto a esta, podíamos hallar decenas de especulaciones más, en cuanto a la procedencia, datación, propiedad y un amplio etcétera, ya que algunas siguen siendo una verdadera incógnita.

En el aspecto que existe un mayor consenso sería en asignar el hallazgo a las postrimerías de la Cultura Argárica de la Edad del Bronce. Esta es una de las primeras culturas en las que la arqueología demuestra una clara distinción de clases, incluso especulando la posibilidad de autenticas dinastías de aristócratas guerreros. Una de sus principales características los ricos ajuares con que enterraban a sus muertos, por lo tanto el hallazgo de los tesoros de Villena, no viene más que a refrendar esta hipótesis.

El tesoro hoy día.

En primer lugar destacar que existen dos copias, las cuales son usadas en distintas exposiciones. El motivo no es otro que preservar el original, este último se expone en el Museo Arqueológico de Villena, que lleva por nombre el de su promotor José María Soler García. Es evidente las medidas de seguridad del mismo, ya que sin ir más lejos, su precio al peso puede superar los 300.000 euros. Es evidente que su valor histórico es incalculable.

Mas info: cervantesvirtual

Imágenes: commons.wikimedia

Teufelsberg, la montaña que intenta esconder el pasado nazi, tras la 2GM

Por decirlo de alguna forma, si Roma tiene su colina de Testaccio, donde se entierra su pasado romano en forma de ánforas. Berlín tiene Teufelsberg, una montaña para intentar enterrar su pasado nazi, posiblemente algún día lo consiga.

Para conocerla debemos acudir al oeste de la ciudad de Berlín, concretamente al precioso bosque de Grunewald. En el mismo se erige una colina de 117 metros sobre el nivel del mar, destaca perfectamente sobre el resto del bosque situado a solo 40 metros. Su nombre lo dice todo, ya que si traducimos Teufelsberg, nos encontramos “la Montaña del diablo”,  ante lo que dejo rienda suelta a la imaginación.

La historia de Teufelsberg.

Para comprender Teufelsberg, debemos acudir a los prolegómenos de la 2ª Guerra Mundial. Por lo tanto en plena preparación de la misma, donde Hitler sabia  la necesidad de soldados que tendría en adelante, pero aún más de altos mandos que dirigieran la contienda, y sobretodo necesitaba la mejor tecnología militar al  servicio del que debía ser el mejor ejército de la guerra.

Para la preparación de la Wehrmacht, decidió llevar a cabo el mayor complejo de enseñanza conocido. La espectacular academia militar fue encargada al más célebre de los arquitectos al servicio del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. En concreto el socio preferido de Hitler para llevar a cabo su manía por al megaconstrucciones, el discreto Albert Speer. Por cierto uno de los pocos que pidió perdón por el Holocausto, en los célebres juicios de Núremberg.

Hitler y Albert Speer en 1943

El proyecto era solo una pequeña parte, de lo que debía ser la nueva capital del mundo, que nacería tras la victoria del nazismo en la 2ª Guerra Mundial. Esta respondería al nombre de Germania, aunque nunca llegó a ver la luz.

El megacomplejo que acabó diseñando Speer y situado en el bosque de Grunewald era mucho más que una academia militar. Cuando estuviera terminado además de la universidad, contaría con talleres, laboratorios, hospitales y múltiples residencias. Además incluiría uno de los bunkers más grandes del mundo con capacidad para 5000 personas.

Maqueta de la Academia Militar proyectada por Albert Speer

De esta manera el propio Hitler fue el encargado de poner la primera piedra el 27 de noviembre de 1937. Pero también se hizo rápidamente evidente que habían comenzado tarde, ya que antes de que se cumpliera el segundo año de la obra, Alemania se lanzó a la 2ª Guerra Mundial.

Durante los primeros compases de la misma, la construcción continuó su curso, pero pronto los recursos económicos se desviarían a la primera línea de fabricación de maquinaría para la guerra. Finalmente en abril de 1940 y tras el suicidio del ingeniero jefe del proyecto, Karl Becker, se suspendió la ejecución de la Academia Militar.

La construcción de la montaña de Teufelsberg.

Tras el reparto de Potsdam, el megacomplejo nazi quedó en territorio inglés, aunque muy cerca del territorio norteamericano. Es a partir de 1952 cuando las autoridades se plantean un final para el proyecto de Hitler.  A partir de ese momento dos necesidades se juntaran para llevar a cabo la montaña en cuestión.

La primera de ellas el avanzado estado de las obras que dejó el régimen nazi de la academia militar. Este aspecto jugó en contra de las autoridades de la Alemania Occidental,  ya que no era precisamente fácil demoler las megaconstrucciones del dúo Hitler&Spree.

Por otro lado los enormes destrozos que dejo la guerra en la capital berlinesa, habiendo por doquier toneladas de escombros que se debían limpiar. En este aspecto también surgieron problemas para las autoridades, ya que es preciso recordar que la parte berlinesa occidental, era realmente una isla en medio de la Alemania Oriental controlada por la URSS. Por lo tanto no abundaban los lugares para almacenar dichos escombros.

Todo se confabuló para como se suele decir “matar dos pájaros de un tiro”. La solución era relativamente sencilla, todos los escombros debían servir para enterrar la mayor academia militar del mundo. De esta  manera nació la montaña de Teufelsberg, durante los siguientes 20 años los camiones acumularon todos los escombros de Berlin Occidental para enterrarla. Algunos cálculos, dan una cifra de 26 millones de m3 de escombros, que conforman la colina.

La montaña de los espías.

Tras un pequeño salto en el tiempo nos encontramos ante un nuevo panorama político. En 1961 se lleva a cabo la construcción del muro de Berlín, sin duda el símbolo de la guerra fría entre americanos y soviéticos. Ese mismo año, la Agencia Nacional de Seguridad norteamericana construyó la primera torre de espionaje de 27 metros de altura  en Teufelsberg. Aunque habrá que esperar a finales de los años 70, para que tome forma la actual vista de la montaña con las tres enormes esferas de color blanco,  la más alta de ellas de 69 metros. Sin duda esta estación espía es otro símbolo más del aplastamiento del nazismo por las fuerzas occidentales.

La estación espía

La estación en cuestión se mantuvo hasta el final de la guerra fría, se suele comentar que una mosca que abatiera sus alas en la parte oriental de Berlín era captada por los sensores instalados en Teufelsberg. Finalmente la estación es abandonada tres años después de la caída del muro de Berlín, por lo tanto en 1992.

La montaña hoy día.

Son  incontables los avatares por los que ha pasado la montaña de Teufelsberg desde el abandono norteamericano. Se montaron apartamentos, que se intentaron vender sin conseguirlo, por otro lado hubo intentos de construcción de un hotel de lujo, que tampoco fraguó. Pocos años después, el director de cine norteamericano David Lynch aduciendo que Teufelsberg era una montaña sagrada, intento fundar en ella una paranoica universidad de Meditación Trascendental. Por destacar alguna de las últimas utilidades, entre 2011 y 2015 se llevó a cabo solo y exclusivamente visitas guiadas al complejo para turistas.

Hoy día un espacio destinado a los artistas callejeros.

Por último decir que hoy en día la visita es libre. Los curiosos acuden a la montaña de Teufelsberg, para disfrutar de los espectaculares grafitis que han hecho allí los más destacados artistas del mundo. Además de contemplar algunas de las más bellas vista de la capital de Alemania.

Imagenes: commons.wikimedia   flickr

Castillo de Sarre, una historia con muchos cuernos.

El castillo de Sarre se encuentra en el valle alpino de Aosta, a poco más de 15 kilómetros de la capital que da nombre al valle. Este castillo se halla sobre una pequeña colina en el pueblecito de Sarre, desde domina perfectamente la cuenca del río Dora Baltea.

Breve historia del Castillo de Sarre

Los restos más antiguos encontrados en la colina pertenecen a una fortificación del siglo XII.  Curiosamente se ha encontrado, que en 1242 perteneció a Amadeo IV de Saboya, algo que hacía presagiar la historia que viene a continuación.

Desde ese siglo XIII apenas queda constancia de sus moradores, hasta comienzos del siglo XVIII en el cual encontramos a Jean François Ferrod. Este último, un rico industrial de la época, que se dedicó a las explotaciones mineras de la zona y mediante las cuales amasó una fortuna que le sirvió para la compra del Castillo de Sarre en 1708 y su posterior remodelación. Precisamente de esta época es el castillo que podemos visitar en la actualidad, ya que del antiguo medieval no queda absolutamente nada. Aunque de poco le sirvió a Jean François dicha remodelación, ya que tras la misma el precio de sus explotaciones cayó en picado, llevando al industrial a la ruina. Poco después fue encarcelado y morirá en la fortaleza de Bard en 1730.

Víctor Manuel II

Tras esta muerte, el castillo cambiará de manos varias veces, hasta 1869 que fue adquirido por el primer rey de Italia Víctor Manuel II. Por lo tanto el castillo tras seis siglos de historia volverá a las manos de la Casa Saboya. A partir de este momento empieza la historia de los cuernos, aunque debo hacer un inciso. Los que hayan entrado en la lectura buscando un culebrón, siento haberles decepcionado. Aunque los amantes de la historia y la naturaleza creo que van a disfrutar con el resto del relato.

Víctor Manuel II

Antes de hablar del primer rey de Italia, es necesario presentar al principal protagonista de la historia del Castillo de Sarre. Este se trata del Íbice, dicho de otra forma la cabra salvaje de los Alpes, ya que es la única cordillera del mundo en el que son presentes. Es necesario destacar que en la zona se instaló una especie de creencia por la cual diversas partes del cuerpo de Íbice tenían propiedades medicinales, y terapéuticas.  Por lo que incluso se hacían talismanes con ciertos huesecillos del bóvido, para la protección contra la muerte. Esto llevó a este animal cuyos cuernos podían medir más de un metro,  a prácticamente desaparecer a principios del siglo XIX.

Ejemplar de íbice macho

Volviendo a Víctor Manuel II debemos decir que era un consumado cazador. Su zona de caza favorita eran los valles cercanos al castillo de Sarre, concretamente los de Cogne y Valsavarenche.  No en vano en la zona se conserva uno de los refugios de montaña más importantes de los Alpes, que lleva por nombre el del primer rey de Italia. Teniendo en cuanta que especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, la única zona donde se conservaban los íbices era precisamente en los valles nombrados, Víctor Manuel II decide crear la Reserva Real de Caza de Gran Paradiso en el año 1856.

Pocos años después, como se ha dicho en 1869, se asienta definitivamente en el castillo de Sarre, el cual reforma con una nueva torre y en especial la zona de caballerizas, muy necesaria para el menester de la caza. Por lo que respecta a nuestro protagonista el íbice tendrá una época relativamente tranquila, en definitiva si solo podían ser cazados por el rey y su séquito, su población aumento de número.

Humberto I

En 1878 muere Víctor Manuel II, su hijo Humberto I de Saboya le sucede en el cargo. A partir de este momento la historia de nuestro amigo el íbice volverá a entrar en peligro. La causa la caza indiscriminada que inicia este nuevo rey, el motivo la renovación de los salones del Castillo de Sarre. En realidad ser el único que tenía acceso al coto de caza real debía suponer una especie de placer perverso, en definitiva la creencia sobre los poderes curativos del animal seguían vigentes.

Figura de Humberto II en plena caceria

He de reconocer que esta parte de la visita es bastante desagradable, y más para un apasionado de la naturaleza como el que suscribe. Son varias las salas y pasillos adornados con los cuernos de los íbices machos, pero también las hembras tienen cabida en la masacre del Humberto I. Con las imágenes que veréis a continuación realmente sobran las palabras, definitivamente, que mal gusto tenía el segundo rey de Italia.

Uno de los pasillos adornado con cuernos de íbices macho
Detalle de un cuerno
Las hembras también tenían “derecho” a adornar las estancias reales

Su reinado duró 22 años, hasta que fue asesinado en el verano del año 1900 por un anarquista en la ciudad de Monza. Posiblemente gracias a dicho asesinato podemos seguir disfrutando del íbice en las montañas alpinas.

Víctor Manuel III

El último rey de Italia por fortuna no heredó ni el gusto decorativo de su padre, ni en cierta medida la pasión de su abuelo por la caza. Aunque posiblemente también la época en la que le tocó reinar no debía tener ni tanto tiempo libre, ni acceso fácil a la residencia de verano, por lo menos en el periodo de la Gran Guerra.

Si en el año 1900 a punto estuvo de desaparecer el íbice, tras la Primera Guerra Mundial en el año 1922, Víctor Manuel III decide vender sus territorios de caza al gobierno italiano. El motivo la institución del primer Parque Nacional de Italia, su nombre Gran Paradiso, por cierto este nombre es un gran acierto.

Parque Nacional de Gran Paradiso.

Sin duda una verdadera joya de la naturaleza, sus más de 70.000 hectáreas están repletas de íbices, por cierto fáciles de observar. Pero evidentemente no están solos, ya que les acompañan, gamuzas, ciervos, marmotas, gran cantidad de aves e incluso depredadores como el lobo y el lince.

Lo dicho, un autentico paraíso, en este caso la entrada uno de los lugares favoritos de Víctor Manuel II, Valsavarenche.

A parte evidentemente de espectaculares paisajes de montaña con cumbres por encima de los 4.000 metros, ríos, cascadas, enormes bosques de abetos y un amplio etcétera que posiblemente no viene a cuento.Pero no quiero dejar la oportunidad de aplaudir la decisión de Víctor Manuel III, la protección del íbice y de sus cuernos, ha valido un paraíso.